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Salir de mi para encontrar la libertad de la grandeza femenina. El dolor del incesto

 

(Seminario de Primavera de 2019 “El cuerpo se confiesa: el incesto”. DUODA – Centro de Investigación de Mujeres. Universidad de Barcelona)

 

Nosotras abrimos el silencio para que salga el dolor y se cure la herida

Nosotras, caminamos de la guerra a la paz… construyendo equidades

Nosotras rehacemos la vida de tantas formas.

Hoy estamos aquí convocadas por la esperanza de emerger del olvido.

De tener voz en el mundo

De terminar con todo lo que nos hace

caminar, despertar, respirar con miedo

Estamos aquí porque somos más fuertes que la guerra,

Más fuertes que el dolor

Estamos vivas.

 

Lucia Moran

Poema escrito durante el encuentro de Nairobi sobre el derecho de las mujeres a la reparación. Marzo 2007.

 

El tema que nos ha reunido en este seminario de primavera sea quizás uno de los laberintos más exquisitamente tejidos por el patriarcado, en él no existe un único camino de salida, al contrario, teje aristas sinuosas y complejas de salida en las que pareciéramos alcanzar la libertad pero que solamente son un espejismo, un engaño que le permite fortalecer y proteger su tejido. Esto lo logra porque el poder del incesto radica en quitarnos a niñas y niños el vinculo de confianza más preciado no del abuelo, del padre, tío, o hermano que nos ha hecho daño, sino el de nuestra madre, con ese acto abominable lo que en realidad ha hecho es culparla a ella por no protegernos, por no cuidarnos o defendernos. Es entonces que al desposeernos del lazo de confianza de quien nos dio la vida perdemos todo sentido de nuestro ser y nos retraemos en nosotras mismas llenas de miedo, de temor hacia la vida, es entonces que nos aísla en nuestro silencio para poder seguir cometiendo, no solamente con las demás en nuestra familia por generaciones, sino a través del tiempo de los siglos desde que éste sistema existe.

Reflexionando sobre esto me surge la pregunta: ¿cómo podría haberme enseñado mi madre a romper el silencio de lo que me sucedía en casa, cuando ha sido el mismo monstruo que le ha hecho daño a ella cuando era una niña? Ante este interrogante es entonces que pude ver la magnitud de lo que hoy me tiene aquí, el dolor del incesto.

Cuando desarrollé mi investigación de maestría titulada Una mirada plástica ante el abuso sexual infantil en el Posgrado de artes visuales de mi universidad, me encontraba sola ante tal faena, luego poco a poco fui encontrando(me) con otras mujeres que en los pasillos académicos una y otra vez se acercaban a decirme por primera vez que a “ellas también les había pasado”, hoy al escribir el texto que aquí les comparto descubrí que no voy más sola, que esta vez me acompañan todas aquellas mujeres que por primera vez lograron salir y pronunciar el dolor del incesto. Primero fueron compañeras estudiantes, poco a poco también se sumaron académicas, investigadoras, amas de casa, artistas, vecinas, filósofas y amigas.

Salir del silencio ha sido para mi, hoy sé, no sólo un impulso, una razón sino una postura política ante lo que me dolía desde mi infancia hasta la edad adulta. Recuerdo ver perfectamente a mi alrededor amigas exitosas, sobre todo en el arte que su vida, nuestra vida personal en las relaciones emocionales amorosas eran caóticas, dolorosas y en muchas ocasiones muy violentas. Me preguntaba el por qué, no lograba descifrar lo que nos sucedía, hasta que confié en un poder superior a mí y logré vomitar todo el dolor de mi infancia. Cuando éste se fue me di cuenta que no podía sólo salir del silencio de la experiencia vivida en la infancia al interior de mi familia, que tenía que compartir con otras y otros como yo que existía una vida en que el dolor del incesto no dolía más y que al no doler, te retorna a la vida es recuperar la consciencia de nuestro cuerpo, te recuperas a ti misma, es salir de sí para encontrarme a mí.

Pero ¿cómo hacer? Decidí hacerlo desde el campo profesional en el que me desarrollo, solo que con una variante, no desde el diseño sino desde el arte, esto porque como dice Boris Cyrulnik comenta que  “una víctima de violencia al hablar frente a otros de lo sucedido, se vuelve algo así como un monstruo”[1], y es ahí en donde el arte a través de sus diferentes lenguajes tiene mucho que decir de tal manera que las personas puedan escuchar. De inicio hacerlo desde este punto me permitió desmadejar definiciones, conceptos, teorías y fenómenos sociales, sin embargo ha sido el encuentro con la epistemología de la diferencia sexual que me ha permitido ver mucho de lo que ya estaba ahí pero que sin embargo la manera en que lo pronunciaba  no me permitía decir todo lo que quería porque constantemente tenía que legitimizar con reglas teóricas cada palabra mencionada.

Mencioné que al desarrollar lo que aquí les hablo me acompañan todas y cada una de aquellas mujeres que en los pasillos se acercaron para compartirme por primera vez el dolor del incesto en sus vidas, a todas ellas debo sumar ahora la compañía de Luisa, Nieves, Elisa, María-Milagros, a quienes constantemente algunas sabiendo y la mayoría no, les pregunto tantas cosas. Confieso que debía hacerle caso a Luisa Muraro cuando en la página 104 del número 38 de la revista DUODA nos recomienda que si estamos en conflicto con nuestra madre no leamos El orden simbólico de la madre. A la que sí he hecho caso es a Elisa Varela al hablar del tiempo de la creación[2], reflexionar al respecto me ha permitido una y otra vez desacelerarme no sólo físicamente sino en el pensamiento, a no desesperar e intentar caminar a mi propio tiempo, a iniciar una búsqueda del tiempo de las mujeres, del tiempo de mi ser mujer. Haberme encontrado con este texto de Elisa ha sido vital para que yo esté hoy aquí con ustedes y para la creación de lo que aquí les leo, el tiempo del poder del patriarcado es apabullante oprime tanto al tiempo de la creación femenina que sino tenemos consciencia de éste caminamos a su ritmo sin ni siquiera notarlo. Así que cada vez que siento que el tiempo se me escapa regreso una y otra vez a él para volver a recuperar mi tiempo del ser mujer. Las menciono porque todas ellas me han permitido, apoyado e impulsado a darle autoridad a la experiencia y en esto que nos tiene aquí es vital, no solo para nombrar sino para poder alcanzar la libertad.

Pues bien, en este diálogo uno de los puntos más complejos que he encontrado ha sido cuando María-Milagros Rivera menciona en su texto Nombrar el mundo en femenino que desde la concienciación feminista adulta para hacer orden simbólico una primer etapa sería la recuperación de la relación infantil con la madre.[3] Lejos de ayudarme a saltar el abismo enfrente de mí, entendiéndose como abismo esta conferencia, de primera instancia esto me lo hizo más complejo. ¿Cómo recuperar esta relación, cuando es en la infancia que más dolor hay? ¿Por qué? ¿Qué es el dolor del incesto? Es aquel no entender lo que nos pasaba, lo que nos sucedía,  es el miedo, es saber que aquello que vivíamos no nos gustaba, es la pérdida de confianza en quien o quienes nos dañaban, es el no saber qué hacer, es el tener miedo al decir lo que nos sucedía, es el sentir la amenaza en lugar del amor, el temor a que nos pensaran mentirosas, miedo a que nos consideraran culpables de lo que pasaba o el temor de que le hicieran daño a quién amábamos como nuestra Madre. Pero los interrogantes no quedan ahí. ¿Y en la edad adulta? ¿Qué pasa por qué es tan extremadamente difícil salir del silencio de aquello que vivimos en la infancia?

Puedo decir que uno de los principales motivos como en la infancia sigue siendo el miedo, el miedo que provoca el volver a recordar todo aquello como si lo volviéramos a vivir, miedo a la recriminación por no haberlo dicho, por no romper el silencio de lo que vivíamos, miedo de enfrentarnos a nuestra familia y decirles lo que nos hacían en ella sin que hicieran nada por cuidarnos y protegernos, miedo a nuestra propia culpa por no decir lo que vivimos, miedo a causarle un dolor a nuestra madre por no habernos protegido y cuidado. Antes de entrar a lo que más me interesa no quiero dejar de hacer notar que si en la edad adulta el miedo es inmenso a romper el silencio del dolor del incesto que llevamos a lo largo de nuestra vida ¿cómo podríamos haber salido de ese mismo silencio cuando éramos apenas unas niñas, cuando ese sentido de ser de la infancia nos ha sido arrancado sin nosotras saberlo.

Dejaré aquí una pista, de niñas y de adultas hay un gran temor a decirle a mamá lo que nos sucedió por no causarle un dolor u ocasionarle una culpa.

El feminismo me permitió encontrar la hebra de lo que me ocupaba, me develó no sólo el sistema patriarcal sino la infinitud de sus engranajes y como éste toma como suyos el cuerpo de las mujeres e infantes. Conocerle y comprenderle me llevó a entender que nada es fortuito, como no lo fue el cambio de mirada inocente ante la infancia a una mirada erótica de la misma en el siglo XIX a tráves, por ejemplo del arte, de cómo este sistema produce las familias patriarcales en donde todo está finamente estructurado de tal manera que es dueño de todo lo que se produce en su interior y por ello es que se perpetúa su sistema. Y aunque el feminismo es quien principalmente en los 60 expone la violencia ejercida en este sistema sobre las mujeres, niñas y niños, no me brinda las respuestas suficientes ante el dolor del incesto, es por ello que menciono que el patriarcado nos engaña al creer haber encontrado una puerta de salida ante el dolor del incesto en nuestras vidas.

La política de las mujeres y el pensamiento de la diferencia sexual me ha ayudado a atravesar por resquicios que no tenía consciencia que pudieran existir, de tomar consciencia y autoconsciencia de las heridas y cicatrices que las mujeres llevamos en nuestros cuerpos, almas y espíritus, lo que me lleva a retornar a la pregunta: ¿qué es el dolor del incesto? Y a la respuesta es el dolor de la ausencia de nuestra madre que no estuvo ahí para protegernos y cuidarnos cuando tanto miedo sentíamos.

Al continuar nuestro desarrollo hasta la edad adulta el dolor del incesto es la pérdida de la relación primigenia de nuestra creación, la de nuestra madre. Luisa Muraro expone que el patriarcado inicia con la separación violenta de la hija de su madre, si a esta separación le agregamos la violencia del incesto es inevitable la infinita tristeza y desolación en la que nos deja el patriarcado. Ahora puede anularnos completamente para seguir cometiendo generación tras generación en cada familia patriarcal.

Llegada a este punto intentaré hacer simbólico sobre el dolor del incesto a partir de El orden simbólico de la madre. Debo decir que no sé si lo lograré, sin embargo quiero intentarlo. Me llamó la atención y me produjo gran incertidumbre la mención que hace Luisa Muraro en sus textos a la experiencia de liberación de los alcohólicos anónimos, el “derrotarse” dicen ellos ante un poder superior, como ellos lo conciben, y aceptar que solos no pueden; pues bien, no sé si notaron al inicio de esta conferencia que mencioné “hasta que confié en un poder superior a mí y logré vomitar todo el dolor de mi infancia”. No sé cómo poder explicarlo, ya sé, al decir “vomitar todo el dolor” ha sido explícitamente, ha sido explícitamente, ha sido dejarme sentir todo el dolor que llevaba a cuestas en mi ser adulta de aquella experiencia vivida en la infancia, al hacerlo no hay más, sólo ese dolor infinito, al permitirle salir y sentirlo no es otra cosa que volver a aquel punto en donde el mayor refugio ante el miedo eran los brazos de mamá, pero volver a aquel momento de niñez es reclamarle por qué no me cuidó, no me protegió, una vez vomitado completamente ese dolor mi ser adulta creyó haber alcanzado la libertad por haber perdonado a mi madre ante lo que viví y creer que ella no podía hacer más de lo que hizo.

Al releer El orden simbólico de la madre y con las enseñanzas de María-Milagros en el seminario que impartió recientemente en la UNAM en la Ciudad de México (noviembre 2018), he descubierto la trampa del patriarcado aquí ya expuesta: el culpar a la madre por el dolor del incesto a lo largo de toda nuestra vida o hasta el momento en que decidimos enfrentarlo y acudir a alguna terapia para sanarlo, es como el patriarcado nos despoja de toda relación con la madre dejándonos en una soledad infinita.

El patriarcado no lo ocupa todo y en el cuerpo de las mujeres existe la potencialidad de la creación. Antes he dejado una pista, vuelvo a ella ahora, el dolor del incesto aunque pareciera inmensamente infinito como para aislarnos en nuestro silencio contrayéndonos del mundo, no logra quitarnos del todo la relación con la madre, cuántas veces una y otra vez hemos callado el dolor del incesto de niñas y como mujeres adultas intentando no provocarle ese dolor a ella, a nuestra madre, porque en nuestro ser mujer sabemos que somos su más valiosa creación. Es decir, más allá de ese dolor hemos conservado esa enseñanza de la creación que es el cuidado entre nosotras, queda así develado el fin del patriarcado, al develar la trampa que nos ha puesto al acusarla a ella para poder seguir cometiendo, es entonces que podemos alcanzar la libertad al recuperarnos a nosotras mismas. Es salir de sí para encontrarme a mí en la grandeza femenina de la creación al recuperar aquel pequeño lazo de relación con el origen que nunca se perdió.

 

[1] Cuadernos de Pedagogía. Nº393 Septiembre 2009. Nº identificador: 393.011.

[2] Varela Rodríguez, Ma. Elisa, “La experiencia y el tiempo de la creación siendo fiel al origen”, Revista Duoda, Barcelona,  2007, No. 33.

[3] Rivera Garretas , María –Milagros, Nombrar al mundo en femenino. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista, 3ª Ed, España, Icaria, 2003, p. 70.

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