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Percepciones y significados de la Violencia

A la memoria de Margarita Pisano,

feminista autónoma radical,

y a todas las mujeres pensantes.

 

 

 

La violencia concentra en su significado una fuerza en tal grado que cambia cualitativamente el antes y el después de su producción. Pareciera que la violencia no deja indiferentes a quienes las sufren pero, ¿realmente es así? ¿en qué medida?

 

Por otra parte se entiende que la violencia sería un ejercicio, una acción física. Entonces, ¿cómo explicar las lógicas de violencia donde paradójicamente las formas en que se expresa esa violencia no son reconocidas como violentas? O dicho de otro modo, la violencia tiene un grado de subjetividad tal que algunas violencias no son reconocidas como violentas por todas las violentadas, según pueden interpretarse los datos de las encuestas.

La propuesta de esta charla es una exploración a la dificultad que tenemos las mujeres de reconocer la violencia social que se ejerce hacia nosotras y como consecuencia las dificultades sociales y políticas que tenemos para neutralizarlas y si es posible desterrarlas de nuestras vidas.

Las preguntas que no pueden ser respondidas aquí y ahora en toda su profun didad, sobre todo por la dificultad que implica sus respuestas, pero que necesitan ser planteadas son:

 

– ¿Por qué las mujeres seguimos permitiendo la violencia en nuestros cuerpos y en nuestras vidas?

 

– ¿Por qué las mujeres que durante todo el siglo XX nos hemos unido a todas las causas políticas y sociales que van desde el pacifismo hasta los grupos de extrema izquierda europeos y latinoamericanos, no hemos sido capaces de juntarnos para hacer una causa común contra las violencias que nos oprimen?

 

– ¿Por qué nos es tan difícil ser aliadas las mujeres?

 

– ¿Somos las mujeres violentas?

 

– ¿Es igual de violenta quien ejerce la violencia que quien la enfrenta activamente?

 

METODOLOGÍA

 

La metodología que voy a utilizar es con una perspectiva feminista, es decir, es un conocimiento adquirido con otras mujeres a lo largo de mis 40 años de feminista.

Entendiendo el conocimiento como una construcción histórica y como producto social.

Señalando a mis interlocutoras como mujeres pensantes que han tenido una vida a través de la cual aprenden y resuelven lo que se les presenta como real, y también desentrañando y analizando críticamente esa realidad.

El análisis crítico que voy a presentar está dirigido a mujeres europeas y occidentales o al menos a mujeres que vivimos en este contexto que es el que voy a analizar.

– PROPUESTA-TESIS

 

Vivencia personal

 

Cuando pienso en la violencia constato que ya desde pequeña se me reveló en forma “de lucha de voluntades”, eso sí, dos voluntades asimétricas. El mundo era un lugar donde yo difícilmente podía imponer mi voluntad y muchas veces no era tenida en cuenta y esa realidad la vivía de una forma brutalmente real a la vez que sumamente injusta.

 

Dicho brevemente ya en mi niñez yo situaba a la violencia como: una colisión entre dos energías, dos cuerpos, dos voluntades. En mi niñez se establecía el castigo físico como reconocimiento de quién manda y quién obedece.

En un segundo plano queda el lenguaje, la lógica, los mecanismos utilizados por una persona que impone su voluntad a otra, para doblegarla, pudiendo en casos extremos llegar al exterminio.

 

Más adelante (en mi adolescencia) la relación Violencia- Poder fue la que predominaba en mis análisis. Tenía una impronta marxista y me permitía explicar y entender la realidad casi como una auto-evidencia. Era una violencia en términos de Estados, con sus consecuencias políticas y sociales, quien tenía el poder ejercía esa relación con signos violentos, los ejemplos más evidentes son las guerras tanto de alta intensidad como de baja intensidad.

 

En estos momentos lo que me violenta profundamente no es un “enfrentamiento de voluntades”, ya que hoy en día no me vivo en relaciones asimétricas con nadie en particular y sé que tengo herramientas conceptuales además de determinación personal para enfrentarme a otra persona de tú a tú. Aunque la relación Violencia-Poder no se ha disuelto en el mundo ni mucho menos, sigo reconociéndola y analizándola, ya que no está fuera de mi realidad para seguir interpretando el mundo.

 

Lo que realmente ahora me perturba diariamente, la violencia que a mí me afecta en esto momentos, la que todos los días tengo que reconocer y pensar, es una serie o un conjunto de efectos sociales que van desde un terrorismo lingüístico: bestiario (zorra, víbora, pantera, etc.) al insulto más clásico que a toda mujer en algún momento nos han dicho en diferentes tonos: ”Puta”. A eso hay que añadir una forma de hablar de los hombres muy normalizada para denigrar o humillar, que es hablar “en femenino”, y que se suele hacer con voz chillona y gestos histriónicos. Por otra parte las mujeres, sobre todo las mujeres jóvenes, hablan en masculino aunque la que habla sea mujer y sea también otra mujer a la que se dirige, “¡Oye tío!”, “¡Qué tío!”.

 

A esto se suma una continua y cada vez más profunda y extensa objetualización de nuestro cuerpo unido -y eso es lo grave para mí- a una falta de construcción política y social fuerte por parte de la mujeres, para no permitir toda esta urdimbre de violencia cultural hacia nosotras.

 

La humillación es mi vivencia diaria y yo la reconozco de tres maneras:

 

1) Tratar a las mujeres denigrándolas con un lenguaje terrorista- bestiario (zorra, víbora, pécora).

 

2) Actuaciones que suponen pérdidas de autonomía (la intensificación de la obligatoriedad de la feminidad, la indefensión aprendida, y la cosificación del cuerpo femenino).

 

3) La exclusión y la invisibilidad de las mujeres para instalar por derecho propio una visión de mundo (las mujeres no vivimos desde nosotras sino subsumidas en un universal masculino y un sentido común masculino del mundo).

 

Yo diría que esta lógica de la violencia que yo le doy el nombre de humillación y con la que yo vivo y convivo diariamente en una aparente dejación social es cada vez más violenta y más invisible, porque el juego social parte de la falacia de que hombres y mujeres somos iguales. Eso es lo que necesito enfrentar con ustedes para parar, neutralizar y transformar nuestra cultura.

 

Por lo que estamos viendo parecería que la violencia en vez de una sustancia es una cualidad tan difícil de identificar como de definir.

 

Si pasamos a pensar la violencia por sus cualidades señalaremos que la violencia hacia las mujeres es todo quiebre a la voluntad personal, sin el reconocimiento de una asimetría real de la que debemos partir en una cultura masculinista; ya que no estoy en igualdad de condiciones. Esto es lo que nos impide reconocer la necesidad de construir mi voluntad con otras voluntades (movimientos políticos feministas). Las mujeres participamos de una cultura donde la feminidad y la indefensión aprendida forma parte de siglos de aprendizaje, y como resultado la voluntad femenina tiende a plegarse a la masculina.

 

Como vemos, la violencia es polimorfa; tanto cultural como lingüística, subjetiva y objetiva, invisible y visible, articulada e inarticulada; es material y también simbólica.

 

Ante estas estructuras y lógicas de la violencia en el que vivimos tanto en el terreno íntimo como social las mujeres, yo propongo construir una cultura del RESPETO hacia las mujeres. Es decir una sociedad donde las mujeres tengamos o participemos de un estatus de lo humano-pensante en reconocimientos mutuos. No pienso ni en la paz, ni en el amor, ni siquiera en la solidaridad como valor político para neutralizar las lógicas de violencia, pienso en el respeto como esa alteridad que no puede ser traspasada y a la que reconocemos en cada instante.

 

Margarita Pisano, feminista radical chilena escribe: “No quiero una cultura basada en el amor, quiero una cultura basada en el respeto, en la legitimidad de la existencia de la otra”. Y el reto político es, ¿Cómo construir respeto personal y social y producir convivencia entre hombres y mujeres en términos de bienestar social?

 

CONTEXTO HISTÓRICO QUE NOS PERMITE PENSAR LA VIOLENCIA HACIA LAS MUJERES EN OCCIDENTE

 

Nosotras las europeas participamos y pertenecemos al cruce de dos culturas, que son la semita y la griega, ambas con un sesgo misógino alarmante. En la cultura semita se establece o se instala un velo de pecado y concupiscencia en el cuerpo de las mujeres y en la griega hay una separación del plano político-social al plano de la intimidad, Sacándonos de la sociedad y de las decisiones políticas, lo que nos asemejaba en términos jurídicos a bienes-mueble.

 

La violencia hacia la mujeres en Occidente (aunque no sólo en Occidente) se basa en un aprendizaje de la feminidad que es el núcleo duro de la cultura patriarcal. Margarita Pisano escribe: “El nacer mujer es una experiencia de despojo de las condiciones de lo humano y esto se siente poco a poco, brutalmente hasta los huesos. Tanto es así que las mismas mujeres, desde este despojo y sin claridad, viven su historia como una no historia o viven la historia de los varones como si fuera la suya; sin acumulación de memoria que construya una cultura propia creada desde este cuerpo de mujer, autónomo e independiente del cuerpo del varón. Esta no historia posibilita que este cuerpo de varón construya una cultura masculinista que deja a las mujeres paralizadas en sus hábitos. En nuestra no historia hemos entrado y salido de casa -muro adentro- varias veces, sin recuerdos comparables y sin referentes desde donde agarrarnos, pensando que hemos avanzado en igualdades y respetos y, lo que es peor, creyendo siempre que somos las primeras y las únicas. Nuestras liberalidades son remedos de libertades”.

 

PERCEPCIÓN DE LA VIOLENCIA

 

En esta lógica de violencia hacia mi ser cuerpo-mujer, uno de los primeros problemas a los que nos enfrentamos es lo que se llama “percepción subjetiva”. A primera vista podríamos suponer que la violencia es auto-evidente; sin embargo como toda construcción social participa de una construcción histórica.

 

Veamos cómo se plasma esto que llamo “percepción subjetiva”. En una encuesta del año 2015 hecha a 1.500 parejas heterosexuales adolescentes de entre 15 y 17 años, el 13 por ciento de los chicos dijo haber sido violento con su pareja, frente al 9 por ciento de las chicas que percibió esa violencia. Sin entrar a señalar qué conceptos se consideraban violentos, a mí lo que me impactó es el umbral de tolerancia hacia la violencia en el que se auto-percibieron las chicas.

 

Sabemos que uno de los efectos que toda cultura que se precie tiene es normalizar las lógicas en que se relacionan y viven esas personas. Esta subjetividad socializada está construida por un complejo entramado de condicionantes, con mayor o menor prioridad según cada momento vital. Por tanto a la hora de interpretar dicha encuesta y sin comentar que muy posiblemente los actos de violencia hayan sido mayores del 13 por ciento, reconociendo los datos dados, lo primero que me viene a la cabeza es la normalización de los actos violentos como “actos que me merezco” o “actos que yo, mala mujer, provoco”.

 

En la cultura occidental actual hay una compleja maraña de expectativas y deseos por parte de las chicas. Por una parte quieren ser deseadas, por otra provocar deseos, por otra, más actual, señalan que tienen derecho a todo (sea lo sea ese todo), ya que “es que somos iguale ¿no?”. Todo ello está mezclado con un sistema de culpabilidad donde se descubren una construcción social en la subjetividad de las mujeres mucho más débiles. Muchas mujeres me han señalado, “fui yo quien le provoqué”. Los actos de violencia los viven como actos de justicia y todavía en muchos casos como pruebas de amor.

 

Una encuesta amplia a adolescentes de Institutos de Cataluña hace 5 años daba como resultado espeluznante, que una gran mayoría de chicas creían que sus novios tenían derecho a controlar su vida, sus móviles, sus citas… Y los chicos, veían necesario una cierta mano dura si ellas no se comportaban debidamente .Toda la encuesta rezumaba lo que en el feminismo hemos llamado “el romántico amoroso” . Cuando estaba escuchando esa noticia me invadió una gran amargura personal al constatar que después de 50 años de práctica feminista había una vuelta a las ideas y prácticas neo-machistas. Hay algunas diferencias con respecto a décadas atrás: hoy las estudiantes jóvenes se sienten transgresoras, tienen una vida sexual activa y esas acciones de libertad son percibidas con culpa. Por una parte los chicos las censuran (“es una puta”) y por otra sus propias amigas y compañeras la consideran “una guarrilla”, o ella misma dice, “me he pasado”.

 

Las mujeres que equiparan su libertad sexual con la de los hombres han de hacerlo pagando el precio de la Impostura. La humillación y la impostura son dos caras de una moneda. Por tanto la impostura es una falsa salida personal.

 

Cuando las mujeres entramos a competir en la ficción de la igualdad lo que sale en la foto es la IMPOSTURA; lo que nos queda a las mujeres cuando intentamos acatar las reglas masculinas, que por supuesto están hechas para que ellos ganen, y nos hacen creer que tenemos alguna posibilidad de ganar. La novedad actual es que las adolescentes y muchas mujeres piensan que están en igualdad de condiciones y a veces hasta fantasean de que están por encima de las reglas masculinas. Esto nos obliga a producir un discurso que no podemos sustentar en la realidad de nuestro día a día.

 

La Impostura es una sobreactuación desde las mujeres que intentan jugar tan bien o mejor en un mundo o cultura masculinista, una necesidad auto-impuesta de vivir con una reglas de juego que no las ponemos pero que las acatamos. Con el doble click de que si no las cumplimos perdemos además de ser censuradas y si las acatamos es para que ellos ganen, pues son sus reglas.

 

Además al poco tiempo dicha fantasía deja de sostenerse, las reglas del juego se les revierten, y en muchos casos de forma violenta. Ante esta realidad, en vez de enfrentarlo políticamente (apuntando a la injusticia de las reglas), viven una culpa inmovilista y tienden a pensar que tienen una responsabilidad personal; que se merecen esa violencia: “yo le provoqué”.

 

Pasemos a ver otro ejemplo. El año pasado se hizo una encuesta a nivel de UE para conocer si se estaba avanzando en una Europa más segura para la vida de las mujeres. Los resultados que salieron en los medios de comunicación es que más de un 60 por ciento las mujeres nórdicas reconocían haber sido agredidas y violentadas alguna vez en su vida, en contraste con un 9 por ciento de las mujeres portuguesas.

 

No sé ustedes pero yo reconozco que necesito de más herramientas conceptuales para enfrentar estos datos y entender que hay detrás o delante de nuestras narices. Una de mis intuiciones en estos datos sobre la violencia hacia las mujeres en los países del norte es que es muy alarmante y que la vida de las mujeres nórdicas tiene mucho camino que recorrer.

 

La segunda intuición es que las mujeres portuguesas tienen una alta tolerancia a las formas violentas, que todavía les cuesta socialmente decirlo públicamente y que esto no forma parte de sus prácticas habituales, pues yo sí conozco a los hombres y a la cultura latina.

 

Las mujeres occidentales seguimos sin construir conceptos y percepciones comunes en lo político fuera del ámbito masculino que dé cuenta de lo que nos pasa.

 

VIOLENCIA y MEMORIA

 

Antes he señalado que la cultura que nos sustenta o nos carencia a las mujeres europeas es una cultura misógina, yo la denomino patriarcal (sistema que enaltece lo masculino frente a lo femenino) y por tanto violenta, instalada en lógicas de humillación hacia las mujeres. La misoginia es la antítesis del respeto, es un mecanismo cultural en el que el desprecio y humillación hacia las mujeres se vehiculiza explícitamente por parte fundamentalmente de los hombres, de ahí su importancia. La misoginia impregna la filosofía, literatura, la pintura, etc.

 

Si algo puede contrarrestar la misoginia y la cultura masculinista es el feminismo como una teoría política y por tanto una ética pensada desde las mujeres. Dicho en palabras de Margarita Pisano: “El Feminismo es un proyecto filosófico y político que está construido con el pensamiento y la acción de las mujeres, que no necesita de otras instancias ni militancias, y sus fines son la libertad de las mujeres (desprendimiento de la ideología masculinista) y por tanto un cambio civilizatorio”.

 

Es la primera vez en la historia occidental que las mujeres como parte de grupos de mujeres y no como singularidades, entramos en la política y desde ahí entramos en la sociedad y en la historia para decidir cómo relacionarnos y cómo vivir socialmente.

 

Por primera vez las mujeres no se representan a partir de otros (dios, hijos, maridos) sino que su VOZ relaciona el YO con el NOSOTRAS para entrar a formar parte de la representación social del mundo. Nos convertimos motu proprio en Sujetas de Historia. Esto es una novedad en Occidente.

 

Hay un decidido y expreso señalamiento de las feministas de estar en el mundo, de pensar y decidir sobre el mundo y por tanto de decidir sobre nuestras vidas. Como toda teoría emancipadora el feminismo y las feministas aspiramos a la SER LIBRES.

 

Hay algunas dificultades para considerarnos mujeres libres ya que se tienen que salvar escollos sociales; entre ellos la violencia hacia las mujeres que se ejerce tanto en privado (en la casa y otros lugares) como en la sociedad.

 

Uno de los principales esfuerzos del feminismo ha sido poner en presente en el aquí y ahora, dónde y cómo se ejerce la violencia hacia las mujeres, pues se la reconoce como un mecanismo, como una lógica que impide la libertad de las mujeres.

 

LA DESMEMORIA COMO UNA ESTRATEGIA DE SOBREVIVENCIA EN UNA CULTURA MASCULINISTA PARA LAS MUJERES

 

El Alzheimer es la metáfora perfecta del tiempo actual: ya que expresa con una fuerza arrolladora la importancia de la memoria, cuando la desmemoria se instala en el cuerpo de las personas, se produce un vaciado de lo humano. Esta enfermedad es la expresión dolorosa de cómo lo humano se diluye en la medida en que la desmemoria toma lugar, vaciando de sentido lo que fuimos y lo que somos, lo que miramos y lo que pensamos. El cuerpo de la persona con Alzheimer es el espejo del terror al vacío, de un mundo sin referentes, sin genealogía, ni pertenencias, una mirada que no mira, unos gestos que no dan señales de sentido. Una desolación, una angustia extrema en una vulnerabilidad, sin contexto y sin sentido.

 

Una médica española, Carme Valls, que utiliza el enfoque de género en sus trabajos, dice que el 85 por ciento de las recetas de medicamentos contra la depresión se lo recetan a las mujeres. Estos datos que son recientes los sabemos las feministas desde los años 60. Ya entonces la OMS se hacía eco de que por cada 4 mujeres que tomaban antidepresivos había un hombre.

 

Carme Valls señala que los síntomas asociados a la depresión son de género, es decir están asociados a la feminidad, ya que ser dependiente, pasiva, con falta de firmeza, con gran necesidad de apoyo afectivo, baja autoestima, indefensión e incompetencia, van asociados por igual a la depresión y al género femenino. Cuando una mujer entra en una consulta para hablar de un malestar todos los clichés de género empiezan a funcionar. Y lo más fácil es calmar los síntomas con medicación. ¿Qué nos están contando estos datos? ¿Qué iceberg tenemos enfrente?

 

Las interpretaciones que puedo dar a este malestar pueden poner intensidad o énfasis en diferentes lugares pero no se puede negar esto es un síntoma de un malestar social desde las mujeres. Hay algo en la estructura social que empuja a ese malestar y la forma en que se resuelve aparentemente es desde la farmacología y la reclusión en casa. Por lo tanto se refuerza uno de los síntomas de la depresión, que es el aislamiento tanto emocional como físico.

 

La depresión es la enfermedad perfecta para las mujeres y a su vez confirma las sospechas sobre las mujeres en nuestra cultura masculinista de que somos irracionales y que nuestro espíritu es inestable. Como resultado, se ahonda todavía más en su aislamiento y en su vulnerabilidad.

 

LUGARES QUE NOS PERMITEN EXISTIR Y ESTAR EN EL MUNDO DE FORMA TOTALMENTE RECONOCIDA

 

La amistad entre mujeres

Los grupos feministas o amistad política

 

Aunque la violencia hacia las mujeres va a seguir teniendo un largo recorrido, vamos a tener que seguir en una mirada crítica de cómo se reelaboran las formas de violencia hacia las mujeres.

 

Me interesa todavía más a pensar qué espacios sociales se han ido construyendo desde el feminismo para permitir a las mujeres vivir en otras claves y visionar formas de relación en respeto y reconocimiento.

 

Si tuviera que señalar un efecto civilizatorio que ha tenido el feminismo en la sociedad este sería la amistad entre mujeres. Entiendo la amistad entre mujeres como una construcción de vínculos sin la necesidad de una adscripción familiar y como un lugar de reconocimiento sin mediaciones masculinas. La singularidad de la amistad como espacio es sorprendente, ya que su construcción deja fuera la humillación, la impostura, la misoginia, etc. Esto significa salirse fuera de las exigencias del colectivo masculino que consisten en juventud, belleza, pasividad, fidelidad, bajo rendimiento intelectual, fertilidad, entrega sexual, etc.

 

Es un experimento único que nos permite saltar a las mujeres a una expresión del mundo que queremos vivir. La amistad construye autoridad femenina, nos instituimos en mediaciones vivas, y por tanto somos capaces de construir nuestras relaciones en el mundo. Tener un espacio seguro y tener a la palabra como lugar de experimentación, de construcciones de mundo, como estrategias para estar y ser, es una experiencia reciente entre mujeres.

 

La amistad que desde el feminismo se está construyendo no es un “mientras tanto”, no es una relación intensa, sentimental- emocional y casi indistinta donde te homogeneizas y te disuelves con otra mujer mientras llega “el hombre de tu vida” (eso que antes se llamaba “amigas íntimas”).

La amistad es una institución profundamente griega, se establece entre hombres libres y como un reconocimiento entre importantes. De lo que se deduce que es una institución social y política de primer orden.

 

Está claro que las mujeres como mujeres sin mediaciones masculinas de ningún tipo, no hemos participado en construcciones políticas propias hasta el siglo XIX.

 

El feminismo ha traído dos tipos de amistades, una es la amistad y la segunda son las amistades políticas. Las amistades políticas es de lo que participa esta reunión en la que hoy nos encontramos. Estamos reunidas mujeres por nuestro propio interés, algunas se conocen, algunas no, pero somos capaces de sentirnos seguras, capaces de pensar colectivamente, con una escucha activa.

 

Estar dentro del grupo es en sí mismo una actividad política, pues nos compromete con nosotras mismas y con las demás como aliadas. Nos permite construir autoridad femenina como una acción estratégica para poner la medida de nosotras en el mundo, teniendo en cuenta que la autoridad y el respeto van de la mano. La participación física, la toma de la palabra, el compromiso fuera del mandato masculino, son acciones que nos acercan poco a poco a la construcción de un mundo más respetuoso con las mujeres y por tanto más habitable para todos y todas.

 

Bilbao, septiembre de 2016

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