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Horarios incompatibles: de la experiencia de ser abuela

El relato bíblico titulado Génesis (Generación, Creación) describe cómo el Dios del pueblo judío, al principio de una modalidad histórico-mítica del patriarcado, mandó mediante el logos (palabra o cifra) que se hicieran en el plazo de seis días el mundo y la criatura humana, hombre y mujer, reservándose el séptimo para descansar una vez concluida su obra, obra de creación que él consideró satisfactoria.

Soy abuela de dos niñas, hermanas, de uno y cinco años, hijas de mi hija, y sé por experiencia que la noción de creación descrita en el Génesis y en la tradición que lo ha mantenido vivo durante muchísimo tiempo (hasta el logo de Apple), no se corresponde en absoluto con mi experiencia femenina de creación. No se corresponde en la pretensión de crear de la nada o del barro de la tierra, no se corresponde en la noción ordenada, jerárquica y consecutiva de tiempo de creación, no se corresponde en la noción de mandar que se cree, y no se corresponde en la noción de tiempo de descanso.

Hay en mi experiencia femenina de creación y de tiempo de creación un padecimiento (en el sentido de “pasar por”) y una vivencia/idea del todo, todo independiente de órdenes prefabricados, que ningún metarrelato masculino conoce. En mi experiencia, crear es crear desde algo ya creado: mi propio cuerpo en el caso de la maternidad; mi genealogía, en la circunstancia, recibida y preciosa, de ser abuela. Ni la nada ni el barro, el polvo o la tierra intervienen. Solo creando desde y en algo ya creado es posible el padecer, el pasar por, el atravesar como experiencia personal inexpugnable y, también, como un pasar de alguien y a alguien, de quien ha venido antes a mí, y de mí a quien venga o haya venido después, haciendo y reconociendo genealogía. En el padecer no cabe el mandar: no cabe el mandar que la creación empiece (fantasía boba), ni tampoco el mandar que la creación termine (exterminio terrorífico). Y no cabe el acotar un tiempo de descanso, si bien el descanso sea imprescindible.

Lo que sucede es otra cosa: es una experiencia ilimitada del todo, todo sin paliativos, divino o sobrehumano, que exige de la creadora una exposición continua y simultánea a la vida y la no vida, al amar y la incapacidad de amar, al poder con todo y a la extenuación, a la transparencia y al peso insostenible, a la conjugación máxima y a la incapacidad de entender o decir, a la discreción y la procacidad, a la visión y al ateísmo. Es decir, a un estar constante al borde del ataque de nervios.

No se trata de errores de epistemología, porque la mujer que crea y recrea la vida y la convivencia humana1 no está, en su realidad pura, su realidad maternal no contaminada por los restos del patriarcado y, por tanto, independiente de lo social,2 sometida a obligaciones contradictorias. Vida/no vida, amar/incapacidad de amar, etc., no son obligaciones contradictorias, no son double binds (dobles tirones), sino experiencias carnales y esenciales de las dos caras de Medusa, es decir, del espíritu aéreo de la belleza infinita y de la gravedad extrema de la belleza infinita; porque Medusa, más que volverse fea, enseña también la gravedad insoportable de la belleza femenina y de su creación, esa gravedad que pone los pelos de punta y saca los ojos de sus órbitas. La mujer que crea está sometida a una necesidad ineludible, la necesidad derivada de su ser madre y/o de estar en la genealogía femenina; no está sometida, dentro de esta necesidad ineludible, a obligaciones interpuestas; aunque haya muchos o algunas que pretendan que lo esté o que quieran creer que es imposible que no lo esté. Ni aunque la genealogía se interrumpa.

Todo ello por no abdicar de mi ser mujer; todo por seguir intentando tener como orientación política última la precedencia de lo otro;3 y, en la práctica cercana y adherente, mi apertura a ello, apertura que es corporal y, en cuanto tal, padecimiento, pasión.

Y aquí entran los horarios incompatibles del título de este texto. Uso esta expresión contundente y sencilla porque se la oí decir este verano a mi hija cuando intentaba, por teléfono, quedar con una amiga de infancia para verse y charlar, sin llegar a conseguirlo: “Intentémoslo, aunque seguro que tenemos horarios incompatibles”, dijo. Y al oírlo, sentí un toque de las entrañas, ese “aquí hay algo” que susurra la inspiración, o sea, el soplo del espíritu, como cuando se soplaba en los exámenes. Porque, efectivamente, el tiempo de una madre y el resto del tiempo se rigen, en nuestro mundo, por horarios incompatibles: no opuestos ni encabalgados sino incompatibles, irreconciliables. Siendo como es el tiempo uno, lo tenemos organizado en unidades que responden a necesidades y deseos que se desconocen mutuamente: por un lado, las necesidades y deseos de la maternidad, por otro, lo relativo a la productividad medida en mercancías y dinero. Entre estas dos organizaciones incompatibles del tiempo, hay una lucha oscura mucho más dolorosa y letal que la lucha dialéctica, precisamente porque la lucha entre incompatibles no accede al lenguaje del diálogo, no comunican entre sí. Es una lucha que existe y se dirime ferozmente sin hacer epifanía de la realidad,4 causando sufrimientos profundos porque son del orden simbólico, sufrimientos que solo el sentido cura; sentido de la finura del de Jane Austen cuando escribe, en Persuasion, por boca de su protagonista, Anne Elliot, en diálogo con su cortejador, Mr. Elliot: “Este es –dijo ella– el sentido aproximado o, mejor, el significado de las palabras, porque, ciertamente, del sentido de una canción italiana de amor no se debe hablar”5.

En mi experiencia de abuela, se repite año tras año el siguiente sufrimiento: me resulta imposible conectar el tiempo y el sentido de mi escritura con el sentido y el tiempo de mi experiencia de ser abuela cuando estoy con mi hija y con mis nietas conviviendo durante un tiempo medio o largo. Vivo, en esta situación, dos vidas paralelas, incompatibles, incomunicables, irreconciliables. No por no tener tiempo ni por falta de energía, aunque energía y tiempo apenas queden cuando vives con niñas pequeñas, sino porque el sentido del tiempo resulta, como los horarios de las dos viejas amigas, mutuamente excluyente. Me quedo, literalmente, en blanco de mi vida habitual, sin olvidar que el blanco es y ha sido históricamente una reserva predilecta de fecundidad y sentido para muchas mujeres6. De este blanco nació, probablemente, el presente texto.

Virginia Woolf, hace casi un siglo, habló de esta experiencia favorablemente, viendo en las vidas paralelas de esposas y maridos, de madres y padres, una fuente de riqueza. Escribió magistralmente en Un cuarto propio:

 

“Él abriría la puerta del cuarto de estar o del cuarto de la infancia –pensé– y la encontraría quizá entre sus hijas e hijos, o con un bordado en la rodilla: en cualquier caso, en el centro de un orden y de un sistema de vida distintos, y el contraste entre el mundo de ella y el suyo, que podría ser el de los tribunales o la Cámara de los Comunes, le daría inmediatamente frescura y vigor; y seguiría entonces, incluso en la charla más nimia, tal diferencia de opinión que las ideas disecadas de él se verían fertilizadas de nuevo, y el verla creando en un medio distinto del suyo aceleraría tanto su poder creador que, insensiblemente, su mente estéril empezaría a tramar de nuevo, y él daría con la frase o la escena que le faltaba, cuando se pusiera el sombrero para ir a verla”7.

 

Pero no es esta mi experiencia. Las dos vidas (los tribunales, el cuarto de la infancia) están ahora en mí, sin excluir que estén también separadas por sexo. Y algo ha ocurrido en el último siglo que me lleva a desear que mis dos vidas comuniquen, se besen y armonicen, no bastándome con el enriquecimiento de la masculina por la femenina o, en su caso, viceversa. Las mujeres, muchas, tenemos ahora dos vidas enteras; los hombres, muchos, siguen teniendo una y, algunos, un trocito de la otra además. ¿Qué hacer con el sentido del tiempo para que el dos quepa en el uno sin perder grandeza? ¿Cómo practicar el sentido que a mí más me gusta del “doble sí”8? Por ejemplo, donde dice: “En tiempos de mi madre la maternidad no era una elección, pero el trabajo sí. Hoy, en cambio, la maternidad es una elección, y el trabajo una necesidad. El trabajo no era precario como hoy y nuestros padres eran más ricos que nuestros maridos. Mi madre eligió trabajar porque para ella era una conquista. Yo hoy no podría quedarme en casa, y he elegido tener niños. Existe esta paradoja. Es un punto de fuerza y de debilidad juntas”9.

Clara Jourdan, comentando una versión anterior de este texto, me decía: la sensación de incompatibilidad puede venir de que vives sola y necesitas recogimiento para escribir, para intentar crear, no de que sean, en tu caso, dos vidas incompatibles. En otras palabras –añado– necesito un cuarto propio pero ni soy ni he querido nunca ser un artista del siglo XX, que necesitaba devorar relaciones para crear “de la nada” y ser el más potente10. Y precisamente por aquí va mi pregunta principal: ¿en términos de simbólico, o sea, de sentido libre de la vida y de las relaciones, qué precio he pagado por el cuarto propio? Porque mi sensación de vivir dos vidas incompatibles persiste y es, en realidad, el impulso, impulso en términos de necesidad y deseo de simbólico, del que nace este texto; es su blanco, su pureza.

Desde hace unas décadas, hay montones de abuelas entregadas a la recreación de su genealogía femenina; son tantas y su experiencia, libremente asumida, tan difícil que ha sido descrito (no por ellas sino por la medicina social y su masculino lenguaje) un nuevo padecimiento femenino: el “síndrome de la abuela esclava”. Este síndrome, que nada tiene que ver con la esclavitud socialmente entendida, es existencial y de sentido, no de horario de trabajo, aunque pueda verse agudizado por la dureza de este. La abuela esclava repite la experiencia del todo, todo sin paliativos, indiferente a éticas preconcebidas, que ya vivió cuando fue madre. Y a veces, sucumbe. Sucumbe porque el sentido de esta experiencia (la experiencia del todo) no comparece, no ve la luz. Y la repetición, monstruosa, se le hace insoportable.

No ve la luz porque en un todo sin paliativos no hay simbólico. No hay simbólico si no hay palabra, ciertamente, y no lo hay, tampoco, en mi opinión, si no hay límite, límite que hace de partera de la palabra. No hay simbólico si no hay límite aunque sea para, antes o después, saltárselo o, mejor, desplazarlo con más o más fino sentido de la vida y de las relaciones, sentido, a su vez, nacido de los cambios producidos en la realidad por el hacer simbólico. Pienso que sin el horizonte y el abrazo del límite (que no es ni prohibición ni barrera simbólica),11 la madre o la abuela flaquean ante la enormidad de lo que de ellas y solo de ellas depende, y el todo se vuelve caos sin Dios o Diosa y sin historia.

Sé que hay que pensar sin barandillas, pero sin ellas las niñas se despeñan. Hannah Arendt se referiría probablemente a las ideologías y otros “–ismos” como asidero o balcón prefabricado desde donde asomarse al mundo, y así es: no son buenas barandillas, porque no dejan pasar ni padecer. En mi experiencia de ser abuela, el límite que busco estaría en la mirada ajena y común, mirada política que no existe en mi cultura: una mirada política, femenina y, también, masculina, que sepa reconocer que previa a y contemporáneamente con la productividad en dinero y mercancías hay “una productividad en vida, en vitalidad, en existencia, distinta de la productividad en mercancías propia del capitalismo”,12 productividad sobre todo femenina, que busca desesperadamente simbólico. Productividad que se lleva un tiempo incalculable y que aúna, no dialécticamente, unos horarios rigurosísimos con el no tener horarios, es decir, con la disponibilidad total, sin séptimo día para descansar. En mi deseo, esta mirada política habría sido capaz de acceder a la conciencia de que la madre/abuela necesita a toda la sociedad a su servicio, al servicio de la creación y recreación de la vida y la convivencia humana, y no al revés (la maternidad al servicio de la sociedad), como resulta ser, desafortunada y erróneamente, hoy. Hoy, una o un bebé aprende desde sus primeros días, ridículamente, a ir en coche atado, inmóvil, sudoroso e inabrazable, a pesar de su inocencia, porque su vida está amenazada por coches y conductores, y se espera de ella y de él que llore cronometrándose con las áreas de descanso de las autopistas. Al crecer, su madre y sus abuelas viven en tensión permanente por los riesgos que corre al ir sencillamente por la calle, calle que es en nuestra cultura el espacio público por antonomasia y, en cuanto tal, da la medida de lo que en esta cultura se entiende por civilización y por política. No fue casualidad que el feminismo de las últimas décadas del siglo XX diera prioridad a una exigencia que sigue incumplida: el poder ir tranquilas de noche por la calle solas.

¿Por qué busca desesperadamente simbólico la experiencia de la maternidad y del ser abuela? Es decir ¿por qué no lo encuentra, si es una evidencia de los sentidos que nacemos de mujer y que con mujeres nos gusta pasar mucho del tiempo de vida, confiando la humanidad entera sobre todo en ellas para su creación y recreación?

Creo que busca simbólico porque las mujeres del último siglo (los hombres hacen poquísimo simbólico, aunque sean muy sensibles a él) hemos cedido simbólico de la madre;13 cedido o, si se prefiere, sacrificado, sacrificado, en mi caso, al cuarto propio, por insuficiente conciencia de su valor y, sobre todo, de su fragilidad: la lengua, como es sabido, vive de ser hablada, si es dejada en suspenso, muere o se amortece. También hemos olvidado simbólico, sí, pero, sobre todo, hemos cedido libremente, en particular las feministas cuando confundimos libertad con emancipación, aunque la emancipación no nos satisficiera. Hemos cedido –pienso– en lo relativo a la precedencia de la vida y de la productividad en vida, sacrificándola en aras a la productividad en dinero y mercancías: ceder es un instante, pequeño y trascendente a la vez14. Yo, por ejemplo (el ejemplo que tengo más a mano), he cedido construyendo tenaz y laboriosamente para mí un cuarto propio, cuarto que, a la vez, era necesario para defenderme del patriarcado y contribuir a expulsarlo de mi experiencia. ¿Era imprescindible? No lo sé. Sé que en esta construcción ha ocurrido algo más, ha habido una suspensión de contingencias no intrascendentes de la maternidad que parece que las que han llegado al mundo después echan ahora de menos. Me ha quedado en la memoria, de un ejercicio de la médica Pilar Babi Rourera en la asignatura Sexuar la política del máster en Estudios de la Diferencia Sexual de Duoda, la afirmación de que la histeria femenina está desapareciendo de los consultorios y, si la hay, es entre extranjeras (¿menos emancipadas? ¿con más entrañas?). Esta mañana, en el relato periodístico de una encuesta banal sobre la igualdad en España, una mujer de voz joven decía por la radio: “Es que está penalizada la maternidad”; y lo atribuía, erróneamente pero aprovechando el lenguaje corriente, a la falta de igualdad. Es decir, las mujeres de hoy se sienten pobres de simbólico de la madre, de su continuidad y vigencia. Lo advirtió, por ejemplo, Rebecca West (Cicely Isabel Fairfield, 1892-1983) en 1916 en su primera y preciosa novela The Return of the Soldier, que se refiere más al retorno del soldado (retorno del guerrero reprimido, desdiciendo y reprimiendo así su previo retorno, por shell shock, al amor, presentado como auténtico, de su juventud) que al regreso del soldado15.

Hay un vínculo entre la cesión/olvido de simbólico y el castigo o penalización consiguiente. Es un vínculo interno necesario, independiente de las instancias masculinas (aunque las ejerzan mujeres) de poder que anden por allí, como cuando una comete un error y sufre las consecuencias que del error se derivan, por ejemplo uniéndose a un hombre interesante por lo violento.

¿Cómo hemos cedido simbólico de la madre? ¿Cómo hemos cedido en precedencia de la productividad en vida? En abstracto, sé que lo hemos cedido consintiendo que durante las últimas tres o cuatro décadas haya triunfado plenamente el viejo principio masculino, humanista y renacentista, de igualdad o unidad de los sexos. Los dos sexos, al ser ahora iguales, son uno, y este uno ha resultado ser sustancialmente masculino. Lo confirma la chica que decía que la maternidad está penalizada por falta de igualdad. Y lo confirma la tesis que dice que las chicas de hoy no quieren ser iguales que nadie sino iguales a ellas mismas, sin dos vidas de tiempos incompatibles embutidas en una. Ser igual a sí misma quiere decir elegir ser mujer, o sea, no vivir deportada en los valores históricos de la masculinidad triunfante. Han escrito las que forman el Gruppo lavorode la Librería de mujeres de Milán:

 

“Ha muerto también la idea de igualdad, o sea, la exigencia de medirse con los paradigmas de un mundo ajustado únicamente a los hombres. Las hijas y las nietas de las mujeres que corroyeron los pilares de aquel mundo con la primera autoconciencia, se mueven hoy al lado de sus compañeros de calle, guerreros confusos y asustados, y consideran reductivas y viejas todas las etiquetas. Más que ser iguales que los hombres, se preguntan cómo llegar a ser iguales a sí mismas: o sea, cómo puede la sociedad entera repensar sus instituciones y sus reglas a la luz también de su experiencia y de su inteligencia de la vida”16.

 

En la práctica, en mi práctica política, pienso que he cedido simbólico de la madre admirando y, en lo simbólico, copiando a veces, una expresión, que parecía buena y no lo era, de la masculinidad moderna/postmoderna: el hombre de izquierda y triunfador, triunfador en una organización jerárquica, típicamente como ejecutivo. La admiración y lo simbólico tienen un vínculo íntimo y sinuoso. Un ejemplo puede ser precisamente la suspensión de contingencias no intrascendentes de la maternidad que citaba antes, entre ellas el tiempo a ella dedicado17.

En el hombre triunfador en una organización jerárquica, privada o pública, que yo he conocido había, necesariamente, violencia, violencia derivada de la jerarquización, una violencia elegante, ejercida sobre las conciencias18. Las feministas y las mujeres tocadas por el feminismo no la aceptamos en lo relativo a la política sexual y acabamos, la mayoría, divorciándonos de esos hombres. Recuerdo una anécdota que me obligó a entender esto hace años: un compañero medievalista, muy de izquierda y profeminista, al terminar un encuentro universitario de mujeres en el que yo pedí a los de su cuerda solidaridad con nosotras en la política universitaria, me dijo: “Pero ¿cómo os vamos a apoyar si estamos todos arrejuntados?” Es decir, me conectó, con el lenguaje vulgar que usan a veces las entrañas,19 la política con la política sexual, señalando con su respuesta un poco rabiosa que nosotras las habíamos separado y eran, en cambio, inseparables. Las habíamos separado divorciándonos de ellos y creyendo que, después, su modo de ser y pensar no nos afectaba. Es aquí, en esta separación entre la política y la política sexual, donde yo y otras que conozco cedimos o sacrificamos simbólico de la madre, empobreciendo el legado de sentido que hemos transmitido a nuestras hijas y alumnas, y quizás también a hijos y alumnos.

La violencia del hombre de izquierda y triunfador que yo admiré y, en lo simbólico, copié a veces en el pasado formaba parte de una modalidad de la política del poder, propia del siglo XX, que fue llamada en su momento “totalitarismo”20. Recuerdo de mi infancia que me intrigaba el nombre de la calle de uno de mis colegios cerca de Bilbao: “Avenida del Triunfo”. No entendía qué quería decir o de qué triunfo se trataba; siendo el del fascismo, no me lo decían con claridad cuando preguntaba. Pocos años después, en 1962, hombres de izquierda y progresistas españoles fundaron y leyeron mucho una revista política semanal de éxito que se llamaba también ella “triunfo”21. Había una coincidencia, una coincidencia cuya sustancia era el dar por hecho que la organización, núcleo de los totalitarismos del siglo XX, es buena y es jerárquica, aunque lo de “jerárquica” no se dijera con claridad. Parecía buena porque servía para triunfar, para sacar algo adelante. Pero la organización es buena si no es jerárquica, es decir, si es suelta y libre, si es práctica de la relación: si no es instrumental a nada sino que interesa por la propia relación, sin más fin que el estar en relación, de modo que la propia práctica de la relación decida qué es lo que sale adelante, como sabemos bien las madres, las abuelas, las hermanas, las amigas. Las feministas de mi tiempo, esto lo supimos como mujeres, y por ello desconfiamos de la doble militancia (dependiente de partidos políticos, jerárquicos por definición, también los antijerárquicos) y de las coordinadoras feministas de uno u otro nivel o estilo.

Pero en la maternidad, de todo esto no tuve conciencia. Yo tenía “ganas de ganar”, deseo de existencia simbólica, de que la vida no me pasase de largo, y me fascinó leerlo años después en el “Sottosopra verde. Più donne che uomini22. Pero, como escribió Teresa de Jesús en Las Moradas, “va mucho de estar a estar”,23 va mucho de estar sin conciencia a estar con conciencia, va mucho de estar sin conciencia de quién es una (mujer, por ejemplo) a estar sin conciencia de ser mujer24. Fui capaz de reconocer al hombre patriarcal, también cuando se consideraba feminista, y nunca lo admiré, pero no fui capaz de reconocer el delito simbólico, delito en términos de pérdida de humanidad, que conllevaba la noción masculina de triunfar, que consistió en triunfar a costa de orden simbólico de la madre. Porque las madres triunfamos entonces y siguen triunfando ahora, en lo social, las que triunfan, a cambio de poner a la maternidad límites patriarcales o, sencillamente, masculinos, límites que, estos sí, son barreras simbólicas, porque no son límites ni pensados ni probados por ellas. Por eso, pienso, en la maternidad no hay hoy, o no suficientes, límites que hagan simbólico, que hagan de esta experiencia grandísima la experiencia de felicidad plena que está llamada a ser. Lo prueban, en mi opinión, las madres de la Liga de la Leche Materna (LLL),25 que sufren por intentar no ponérselos (hasta que acceden a la conciencia de que esto las agota), ya que poner o quitar de lo que ya había son la misma operación, sin interpretación libre. Pienso que en este sentido “la maternidad está penalizada”, como he mencionado antes. Y se siente pobre de simbólico, pobre de sentido femenino libre.

¿No era todavía mi tiempo? No lo sé, pero creo que sí lo era, porque el tiempo de lo simbólico es sincrónico, va con lo que va pasando: siempre es su tiempo.

Viendo la espléndida película de Margarethe von Trotta Hannah Arendt,26 mientras incorporaba boquiabierta y fascinada la afirmación de que sin los Consejos judíos, es decir, sin este tipo de organización, habría habido menos muertes entre la población judía, me vino la pregunta por el valor de esta aseveración en mi presente. Y se me hizo una asociación entre, por una parte, la peligrosidad del funcionario del Estado (jerarquizado por definición) de los años 30 del siglo XX que, entendiendo el servicio público solo como un cumplir órdenes y ya no como servicio, abdica de su conciencia y comete delitos contra la humanidad como si no fuese él quien los está cometiendo, y, por otra, el tipo de masculinidad de los hombres progresistas de mi generación, orientada a triunfar en organizaciones jerárquicas renunciando a la conciencia de sobre qué, sobre quién o cómo está él triunfando, y, no pudiendo justificarse con el cumplir órdenes propio del fascismo, lo reemplaza con nociones ambiguas como “legitimidad”, “luchador”, “pionero”, “deslocalización”, “globalización”, “guerra humanitaria”, o “comunidad internacional”, volviendo la política incierta y ficticia. En uno y otro caso, los delitos cometidos y cometibles van contra el orden simbólico de la madre y conllevan pérdida de humanidad por abdicación de la conciencia, conciencia que, en la infancia de todos ellos, estaba.

Porque siempre es el tiempo de lo simbólico, no solo al aprender a hablar. Reevoco, para ponerle imagen, una escena: Seminario de Mayo de Duoda del año 2011, dedicado a “La excelencia femenina al final del patriarcado”; final de un coloquio muy intenso sobre las mujeres de la Liga de la Leche Materna; una mujer progresista (Gloria Téllez) interviene, preocupada, y dice: “¿No lo ves tú muy peligroso, y más ahora (acordaos del final del franquismo, cuando termina algo como el patriarcado puede dar unos coletazos que pueden hacer mucho daño), para una mujer que regresa a casa, el peligro de perder su independencia y sobre todo su libertad si no trabaja? Si deja todo, alguien la tiene que mantener, y ese alguien será alguien que va a tener poder sobre ella.” Y, al modo de un “parto imposible”,27 la respuesta: “Yo creo que ella no perderá su libertad: perderá la mía. […]. Perderá una libertad que ya ha cumplido su proceso histórico. Por tanto, perderá una libertad que no coincide con la libertad que le sirve a ella en un mundo cambiado precisamente por mi libertad. Es decir, el volver a casa no existe”28.

El tiempo de la propia libertad está disponible siempre, si una, cuidando la vida de su espíritu, mantiene la conciencia despierta para llegar a saber reconocer, con independencia simbólica,29 qué o cuál es ahora su libertad (la independencia económica, la contratación de la dependencia, la dependencia amorosa, el reconocimiento común de que las deudas de amor son insaldables y esto da mucho placer…, etc.). Por eso, añado ahora a esa respuesta: el volver a casa sí existe, y es, en nuestro tiempo, volver a lo simbólico de la madre, a la casa de la madre, de las madres no patriarcales sino servidoras de las hijas, que muchas mujeres y feministas de mi generación hemos intentado ser.

Note

  1. Es el título del libro de Marta Bertran Tarrés, Carmen Caballero Navas, Montserrat Cabré i Pairet, Ana Vargas Martínez y María-Milagros Rivera Garretas, De dos en dos. Las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana, Madrid, horas y Horas, 2000.
  2. He tocado esta cuestión en Come in un romanzo storico, en Annarosa Buttarelli, Luisa Muraro y Liliana Rampello, eds., Duemilaeuna. Donne che cambiano l’Italia. Milán, Pratiche Editrice, 2000, 279-283; y en La vida de las mujeres: entre la historia social y la historia humana, en Flocel Sabaté y Joan Farré, eds., Medievalisme: Noves Perspectives, Lleida, Pagès editors, 2003, 109-120.
  3. Esta es, en mi memoria de traductora, la idea principal del libro de Luisa Muraro, El Dios de las mujeres, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, horas y Horas, 2006.
  4. Esta expresión es de María Zambrano en su El hombre y lo divino (1955), Madrid, Siruela, 1991, 245.
  5. “This is –she said– nearly the sense or rather the meaning of the words, for certainly the sense of an Italian love song must not be talked of”, (Jane Austen, Persuasion, leída por Juliet Stevenson, capítulo 20, escena del concierto, www.audible.com).
  6. Véase, por ejemplo, la obra de las artistas contemporáneas Isabel Banal (www.isabelbanalx.com) y Blanca Casas Brullet [“DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual” 43 (2012), projecte d’artista] y, naturalmente, en el XIX, Emily Dickinson (Emily Dickinson, Poemas 1-600. Fue – culpa – del Paraíso, edición, prólogo, traducción y lectura de los poemas en español de Ana Mañeru Méndez y María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, Sabina editorial, 2012). Véase también, Assumpta Bassas Vila y Joana Masó, Blanca Casas Brullet: reservas de sentido, [“DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual” 43 (2012) 158-173]; y mi ¿Por qué Heloïse en la escalera noble de la Universidad de Barcelona? www.ub.edu/duoda/web/
  7. Virginia Woolf, Un cuarto propio, traducción de María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, horas y Horas, 2003, 122.
  8. Librería de mujeres de Milán, Imagínate que el trabajo, trad. de María-Milagros Rivera Garretas (“Sottosopra” 2009), Opúsculo encartado en “DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual” 38 (2010).
  9. Ibid., 5.
  10. He tocado brevemente esta cuestión en Eloísa lo impregna todo de luz, en Elena del Rivero, Heloïse Perfundet Omnia Luce, en vías de pulicación.
  11. Sobre la noción de “barrera simbólica” véase Clara Jourdan, Barreras simbólicas, “DUODA. Revista de Estudios Feministas” 30 (2006) 33-40.
  12. Sobre esta productividad, pueden verse los textos del monográfico de “DUODA” 44 (2013) 52-119, titulado La política de las nuevas madres, [María-Milagros Rivera Garretas, Presentación, 52-54; Ivette Roche Andreu, La vida en danza, 56-72; Carme Vidal Estruel, En la revuelta de la maternidad, 74-90; y Sophie Kasser ¿Dónde estoy cuando soy dos? 92-97]; la idea citada, en mi Presentación, p. 53.
  13. Sobre el orden simbólico de la madre, hay que volver una y otra vez a los libros: Luisa Muraro, El orden simbólico de la madre, trad. de B. Albertini, M. Bofill y M.-M. Rivera, Madrid, horas y Horas, 1994, y Diotima, Il cielo stellato dentro di noi. L’ordine simbolico della madre, Milán, La Tartaruga, 1992.
  14. Me parece un resultado enorme de esta cesión la siguiente anécdota: un “médico sin fronteras”, inteligente y comprometido con quienes sufren violencia, condenaba recientemente en una entrevista radiofónica a un laboratorio farmacéutico por dejar de fabricar un medicamento, que salvaba muchas vidas en países pobres, porque “no era rentable”. Repetía el lenguaje del laboratorio sin poder añadir “Sí era rentable, era rentable en vida”.
  15. Rebecca West, The Return of the Soldier, Nueva York, The Century Company, 1918; (El regreso del soldado, trad. de Laura Vidal, Madrid, Herce, 2008; El retorn del soldat, trad. catalana de Francesc Parcerisas, Barcelona, Viena editorial, 2012). Recurre este tema en la película dirigida por Marjane Satrapi y Vincent Paronnaud Pollo con ciruelas (Francia, Bélgica, Alemania, 2011), basada en la novela de Majane Satrapi Poullet aux prunes (2004, trad. de Manel Domínguez Navarro, Barcelona, Norma Editorial, 2005).
  16. Librería de mujeres de Milán, Imagínate que el trabajo, 7.
  17. He intentado tocar esta cuestión espinosa en La rebelión de los cuerpos, en El Amor es el Signo. Educar como educan las madres, Madrid, Sabina editorial, 2012, 157-173.
  18. Expresa fielmente este mensaje el cuento infantil de Adela Turin (el favorito de mi nieta mayor este verano y el que hemos leído hasta la saciedad), Cañones y manzanas, trad. Humpty Dumpty, Barcelona, Lumen, 1978.
  19. Con “arrejuntados” se refería a que se habían unido a otra mujer de mala o apresurada manera.
  20. Véase sobre todo, Hannah Arendt, The Origins of Totalitarianism, 3 tomos, Nueva York, Harcourt & Brace, 1951; (Los orígenes del totalitarismo, trad. de Guillermo Solana, Madrid, Taurus, 1964).
  21. En realidad, fue la transformación de un semanario dedicado al cine. Al reaparecer como revista digital, se describe como “la revista que en los años 60 y 70, dos décadas cruciales, encarnó las ideas y la cultura de la izquierda de nuestro país y fue símbolo de la resistencia intelectual al franquismo”; véase www.triunfodigital.com/
  22. Más mujeres que hombres. (Enero 1983. Sottosopra Verde), en Librería de mujeres de Milán, La cultura patas arriba. Selección de la revista ‘Sottosopra’ (1973-1996), trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Madrid, horas y Horas, 2006, 107-129.
  23. Teresa de Jesús, Las Moradas, Moradas primeras, cap. 1.5: “Parece que digo algún disparate; porque si este castillo es el ánima claro está que no hay para qué entrar, pues se es él mismo; como parecería desatino decir a uno que entrase en una pieza estando ya dentro. Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene.”
  24. Pensaba en esto último al oír, recientemente, una entrevista a la monja dominica contemplativa y gran revolucionaria sor Lucía Caram, que hablaba de sí misma en masculino, coherente con sus objetos de admiración.
  25. “La Leche League” (LLL) fue fundada el 17 de octubre de 1956 en Franklin Park, Illinois (USA) por siete madres: Mary White, Edwina Hearn Froelich, Mary Ann Cahill, Betty Wagner Spandikov, Viola Brennan Lennon, Mary Ann Kerwin y Marian Leonard Tompson: www.llli.org/ . Son prácticas distintivas suyas, por ejemplo, dentro de una gran variedad pues está en el mundo entero, la lactancia a demanda o el colecho.
  26. Margarethe von Trotta, Hannah Arendt, guión de Pam Katz y Margarethe von Trotta, protagonizada por Barbara Sukowa, Alemania, Luxemburgo, Francia, 2012.
  27. María Zambrano refiriéndose a su escritura en la preciosa entrevista que le hizo Pilar Trenas para el programa de tv2 Muy personal en 1988, dice “Claro. Como tiene que decir, como tiene que ser el de alguien que se ve forzado a crear. A veces, qué agonía, a veces, qué parto imposible, a veces, qué felicidad.” [Entrevista a María Zambrano (1904-1991), a cargo de Pilar Trenas, “DUODA. Revista de Estudios Feministas” 25 (2003) 141-165; p. 157].
  28. Diálogo sobre la ponencia de María-Milagros Rivera Garretas, “DUODA. Estudios de la Diferencia Sexual” 41 (2011) 92-105; p. 104.
  29. Tengo la impresión de que es a la independencia simbólica a lo que se refieren mis alumnas cuando hablan de “autoestima”, palabra esta que el patriarcado dedicó a las víctimas de su violencia y que parece estar (la autoestima) siempre en proceso de búsqueda, eternamente casi al alcance de la mano, frustrando la independencia simbólica femenina.
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