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Feminismo sin fiel

 Diotima, Femminismo fuori sesto. Un movimento que non può fermarsi. Testi di: Maria Livia Alga, Alessandra Allegrini, Lucia Bertell, Sara Bigardi, Annarosa Buttarelli, Ida Dominijanni, Antonietta Potente, Diana Sartori, Chiara Zamboni. Nápoles, Liguori, 2017. 102 págs. 13 €.

 

Diana Sartori empieza su Introducción a este libro, titulada Un di più di femminismo (Un más de feminismo) diciendo: “Este no es un libro sobre el feminismo, este es un libro feminista”. Precisamente este inicio feliz anuncia que el libro va a ser difícil; y lo es, empezando por el título, que podría ser traducido al español como Feminismo desequilibrado, Feminismo  dislocado (del out of joint que inspira a algunas autoras) o mejor, en mi opinión, como Feminismo sin fiel, porque el feminismo no está nunca en el fiel de la balanza si quiere seguir siendo feminismo.

 

Soy lectora fiel de los libros de Diótima, de todos (han llegado, creo, al número 13), pero reconozco que la idea general de este no la entendí en la primera lectura. Me parecía que en cada capítulo había dos voces, una que me interesaba y otra que me resultaba árida y, a veces, calculada; por ejemplo, ya en la Introducción, leía ideas preciosas mezcladas con tal cantidad de juegos de palabras que se me iba la vista y desconfiaba. En la segunda lectura, en cambio, ni los juegos de palabras ni el cálculo molestaban. Respondían al mensaje del título: el feminismo no está nunca en el fiel de la balanza, en el punto del orden, sino que desequilibra. Desequilibra porque el círculo no debe cerrarse nunca: encerraría a sus artífices dejándolas sin respiración. Diana Sartori cita un fragmento de Lia Cigarini de muchos años atrás: “No existe un punto de vista feminista. […] Sería catastrófico que este saber fuera asumido como ideología, o sea, como un discurso preconstituido, acabado.”[1]

 

¿Y a qué viene tanto desequilibrio? Viene a custodiar el deseo, el deseo singular de cada una, que las contradicciones vividas fortalecen y las idelogías encierran y acaban quitando. El deseo femenino no aburguesa sino que incomoda. Le gustan el juego y la apuesta.

 

Chiara Zamboni (Un movimiento que se escribe paso a paso) registra el desequilibrio en el hecho mismo de que el feminismo sea un movimiento, “un movimiento que se escribe paso a paso” y que, siendo político, no puede contenerse en un espacio delimitado. Lo muestra estudiando una cuestión muy inquietante –creo– del presente, que es la de los límites de “lo social”. “El feminismo es un movimiento político-simbólico” –escribe–. “No es un movimiento social” (p. 9). Lo social ha llenado las bocas y las almas de muchos hombres y bastantes mujeres de Occidente desde el siglo XIX, no dejando sitio a nada más. Y, sin embargo, no sale mas que en dos poemas (771 y 1520) de los 1786 de la poeta más grande y observadora de ese siglo, Emily Dickinson (1830-1886), una obra llena de “más” femenino. No sale porque la vida de las mujeres –el más femenino– desborda lo social sin ser antisocial, como demuestra por ejemplo el hecho, aparentemente enigmático, de que la violencia masculina contra las mujeres no produzca ninguna contradicción social. “Lo máximo de la diferencia en la cercanía” –escribe Chiara Zamboni– “está en eso no intercambiable, en ese más que orienta el feminismo, en ese punto de desequilibrio que los proyectos de lo social no prevén” (p. 17).

 

De otra manera, Ida Dominijanni (Espectros del feminismo) propone también un abrir el feminismo a su más, un más emparentado con su capacidad –la del feminismo– de ver lo invisible; con el fin de conjurar los espectros y fantasmas que están apareciendo en contextos difíciles para Europa como el de las agresiones de la Nochevieja de 2015-16 en Colonia por hombres migrantes o refugiados que llegaron sin mujeres y, por ello, sin la obstinada acción civilizadora femenina. Espectros y fantasmas que preguntan a grandes voces ¿dónde está el feminismo? Pero no para pedir su ayuda sino para archivarlo y, entonces, renaturalizar la diferencia sexual, expoliándola de su profundo valor personal-político.

 

Ida Dominijanni señala cinco campos de indagación (no espectrales) para el futuro más próximo, de los que destaco dos:  ¿Cómo proteger y relanzar el  movimiento (político) de la libertad femenina en tiempos en los que la libertad ha sido reducida al vocabulario económico del mercado y al jurídico de los derechos? ¿Cómo seguir preguntando al cuerpo parlante, que el feminismo hereda del psicoanálisis, en un tiempo en el que el cuerpo es representado prevalentemente, también por críticos y subversivos, como superficie sensible, ensamblado biotécnico o máquina productiva subyugada?

 

Lucia Bertell (Tú que te escondes en todos los nombres) vuelve a un campo de observación que ya frecuentó hace algunos años: el del trabajo. Concretamente, a la conceptualización de lo que hacen cada vez más mujeres y hombres cuando deciden cambiar de trabajo para armonizarlo con un estilo de vida ya transformado por la práctica, consciente o no –precisa–, de partir de sí. “En este cambio de trabajo” –escribe– “la mayoría elige acercarse a la tierra” (p. 31). Es interesante que note que a estas prácticas les falten palabras que las digan fielmente, sin confundirlas con otras que entran y caben dentro del campo semántico de lo social. Reconoce la dificultad de hacer simbólico en este ámbito, “dificultad que comporta un confundir las economías nacidas en el seno de estos nuevos movimientos con el llamado sector terciario, expresión que recoge todo el ámbito del non profit (cooperativismo, voluntariado, promoción social y empresa social)” (p. 33). Atribuye la dificultad al desliz de significado cuyo puente ha sido la palabra “solidario/-a”, palabra que remite inevitablemente a “social”. Entiende que se trata, más bien, de nuevos modos de hacer praticable la vida en un mundo que “mete en la producción nuestra vida entera” (Christian Marazzi). Y propone la (en mi opinión) fea expresión “carsismo vernáculo” (p. 40) para nombrar esos nuevos modos. Fea porque los –ismos dan un poco de pena y porque derivó, apocopada, en el sustantivo “vernaclus”, esclavo o esclava nacida en la casa de su amo o ama. Es bello, sin embargo, lo que busca nombre: lo político del hacer renacer una o mil parcelas de tierra abandonada, y hacerlo porque da sentido a tu vida.

 

Una vuelta a un feminismo radical es lo que propone Annarosa Buttarelli en Feminismo radical. Inspirándose en el poema 1010 (J 997) de Emily Dickinson, explica con la “ley del Desastre” de Emily el desliz –en este caso desliz político– que llevó a la pérdida por Hillary Clinton del apoyo femenino en las últimas elecciones presidenciales de los Estados Unidos de América. El desliz consistiría precisamente en una falta de radicalidad que no alcanzaría a convencer a las mujeres a consecuencia de su cercanía con la presencia residual del patriarcado-fratriarcado. Entiende Annarosa que la “eterna instancia” del feminismo ya no es el conflicto entre mujeres y hombres, aunque todavía exista, sino el conflicto entre formas de la mente, que ella equipara con dos órdenes simbólicos, aunque sin mencionar cuáles son: “La eterna instancia del feminismo” –escribe en p. 47-48– no afecta a la vigilancia de los derechos, no afecta a la igualdad de trato económico, aunque no las excluye: afecta al conflicto entre formas de la mente, entre órdenes simbólicos. Este es el nivel, el punto en el que nos debemos colocar”. Yo me quedo preguntándome si la mente sola hace simbólico, y si la lengua materna no es solo una, aunque se sea políglota.

 

Alessandra Allegrini (Vida sin seres humanos, tecnociencia sin diferencia) me ha aclarado cosas difíciles sobre la tecnociencia, en concreto sobre la ausencia en ella de la diferencia sexual: una ausencia no casual sino buscada. Dice, subrayándolo, que “la actual omnipresencia de la tecnociencia, aspecto característico de nuestra época, no hay que entenderla solo como difusión capilar de objetos tecnológicos en la vida humana, sino como inmersión de la vida humana en la tecnociencia” (p. 55). Puesta así, la cosa empieza a emocionar, aunque el esfuerzo de la escritura se palpe y pese en la lectora. Añade, como segunda premisa de su texto: “esta omnipresencia tecnocientífica tiende a ser coextensiva con un mundo post-género, y viceversa, pero esta tendencia tiene ya su origen en la distinción sexo-género.” De todo esto saldría –sostiene– el paradigma de la vida sin seres humanos, sin diferencia sexual.

 

Me viene a la memoria el libro de Tania Modleski Feminism Without Women (1991). Fue, como la de Alessandra Alegrini, una respuesta inteligente al desliz de la teoría feminista centrada en las mujeres a unos estudios de género que, como la propia  noción de género, eran y son de raíz masculina. ¿Hay feminismo sin mujeres? ¿Hay ciencia o vida sin diferencia sexual? Las mujeres y la diferencia sexual ponemos un límite a la especulación absurda y a la ciencia absurda, límite que ni la especulación ni la ciencia quieren reconocer que existe. Esto es lo principal que he aprendido, de momento, de Alessandra Allegrini, en este texto y en el que publicó en el número 52 de la revista DUODA. “Pero hay al menos otro modo de entender el sentido del límite” –escribe al concluir su capítulo en Femminismo fuori sesto– “que querría sugerir: el que tiene en cuenta el predominio tecnocientífico como forma simbólica en sí y por sí, cuya omnipresencia tiende a ocultar o subestimar otros órdenes simbólicos, otras formas de saber y autoridad. Desde este punto de vista, no está ni dentro ni fuera de la tecnociencia, sino que la excede” (p. 77). Me interesa esto para seguir pensándolo, y me quedo también ahora preguntándome cuántos órdenes simbólicos hay. ¿Se refiere al tránsito, no se sabe si pacífico o violento, entre un orden simbólico y otro, entre el de la Modernidad patriarcal y el siguiente en ciernes al final del patriarcado, que ojalá sea el de la madre porque ya está de nuevo aquí, gracias al feminismo, sin haberse ido nunca?

 

Finalmente, dos capítulos que, distintos entre sí como son, se me han mezclado fértilmente en la lectura y me han devuelto a las entrañas. María Livia Alga y Sara Bigardi escriben un texto “a cuatro manos y dos corazones” (n. 1) titulado A quien debo la mujer que soy. Autoetnografía de un desequilibrio, en el describen de maravilla una práctica feminista, la suya, hecha sobre todo en Verona, que se centra toda en la búsqueda de genealogía tanto en casa como en el resto del mundo común de mujeres y de hombres, a la caza siempre lo que la excede. Eso que la excede es el más femenino, ese más que impide el equilibrio e impide también que el círculo se cierre encerrándote dentro; y, en el más, la madre “a quien debo la mujer que soy”. Conecta así este capítulo con la Introducción de Diana Sartori y con el texto de Chiara Zamboni. “Una cierta sensibilidad frente a las contradicciones y la práctica de dar lugar a una multiplicidad de tiempos y espacios permiten mantener un sentido de las contradicciones, de las injusticias, de las opresiones, sin seguir siendo sus víctimas, sin caer en una actitud protestataria y reivindicativa. Pero” –se preguntan– “¿de dónde viene la fuerza para hacerlo?” […] Y contestan: “De mirar simultáneamente a lo que hay: cómo se organizan los lenguajes, los vínculos sociales, y lo que no está previsto, mirar y prestar atención al ‘lugar otro’, porque es aquí donde se puede experimentar una excedencia” (p. 86). E inspirándose en la frase de Audre Lorde “así que es mejor hablar recordando que no estaba previsto que sobreviviéramos”, una de ellas (Maria Livia Alga) hace simbólico, partiendo de sí, de su historia con la violencia de la mafia desde su infancia en Palermo, de su huida muda de la casa natal, de su práctica de la relación y de su vuelta a vivir en Palermo cuando descubre y pone en palabras el más que, cuando deja de estar mudo, se lo permite. “Mi madre no participó nunca en las manifestaciones antimafia. Decía que ya llevaba demasiadas horas en la oficina, y estaba la casa y estábamos nosotras/os, ya hacía su parte. Yo no me perdí nunca una manifestación conmemorativa hasta que me fui a vivir fuera. Iba con mis amistades, con la escuela, con los amigos de mis progenitores. Intentando interpretar la ausencia de mi madre, encontré en verdad algo completamente distinto” (p. 93).

 

El más que la indagación en la genealogía aporta, les lleva a las dos autoras, sobre todo a Sara Bigardi, a reconocer un excedente especialmente valioso en el mundo de hoy: la hermandad, hermandad que no es ni fraternidad ni sororidad y que sustancia a ambas, permitiéndonos ver el más que lleva consigo la población refugiada o migrante, por ejemplo, y que se pretende no ver, una de las principales vivencias, desequilibrios e injusticias que marcan nuestro presente. “Con ella descubrí lo que es más importante en mi vida, la hermandad, la hermandad, más que la libertad, la hermandad”, dijo María Zambrano de muy mayor, refiriéndose a la llegada de su hermana Araceli.[2]

 

Algo de la hermandad, creo que sin nombrarla, inspira el capítulo final del libro, el de Antonietta Potente, Reconstruir sin fondos: místicopolítica de la creatividad feminista. Interpreta ciertas prácticas actuales de reconstrucción de la ciudad de L’Aquila (Abruzzo) después del terremoto del 6 de abril de 2009. Habla de recursos de “discernimiento sapiencial” … “los del alma despierta y obediente a sí misma pero al mismo tiempo amante de amor de lejos y de cerca. Los recursos” –prosigue– se los atribuyo a esa imaginación del deseo de cada una; ese deseo cultivado, adiestrado, como diría Virginia Woolf, en las relaciones de diferencia” (p. 101). “Lo importante” –concluye– “es que nadie se quede enjaulado en la falsa reconstrucción de un sistema capaz solo de provocar terremotos sin saber reedificar respiraciones vitales” (p. 102).

 

Un libro, Femminismo fuori sesto, que vale la pena leer, releer, traducir y comentar.

                                                                            María-Milagros Rivera Garretas

 

[1] Lia Cigarini, Catálogo nº 1 – Textos de teoría política (abril 1978), en su La política del deseo, trad. de María-Milagros Rivera Garretas, Barcelona, Icaria, 1996.

[2] Entrevista a María Zambrano (1904-1991), a cargo de Pilar Trenas, emitida en el programa “Muy personal” (1988) de Televisión Española, transcrita en “DUODA. Revista de Estudios Feministas” 25 (2003) 141-165; p. 157.

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