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De la “Diosa Madre” a la “madre de Dios”

El día 8 de septiembre se celebra, según el calendario cristiano, el día de las Vírgenes encontradas. Las Montserrat, Lorenas, Onas, Meritxells, Núrias, y muchas más, celebramos nuestro nombre ese día.

Al día 8 de septiembre se le conoce como el día de “las vírgenes encontradas” ya que se celebran los nombres de aquellas que fueron halladas en un lugar insospechado (una cueva, un valle) o que sorprendieron al aparecerse ante un ser de los llamados inocentes (una niña, un pastor o pastora, un ermitaño). Vírgenes que, en algunos casos, son también “fugadas” pues aunque su imagen es transportada del lugar en el que dio la aparición a un lugar más poblado -en el que se les construye un templo-, ellas se fugan de nuevo a su lugar propio, como ocurre, por ejemplo, con la “Mare de Déu” de Núria que volvía a su valle del Pirineo cada una de las noches en las que, de día, la habían llevado a la iglesia de un pueblo cercano.

“Mare de Déu de” y “Verge de” son los nombres previos que se usan en lengua catalana antes de las distintas advocaciones, “Virgen de” y “Nuestra Señora de” son las palabras que preceden en el caso de la lengua castellana, así como “Nostra Signora”,  “Madre di Dio” o “Madonna” lo son en lengua italiana.

Virgen de, Madre de, Nuestra Señora de… como palabras previas para nombrar, con infinidad de nombres de mujer, a la madre de Dios. A la que dijo “sí” a Gabriel, el emisario divino que la visitó y anunció mientras ella leía. Y así empezó el cristianismo: porque una mujer dijo sí, acogiendo la voluntad ante la demanda, y también la necesidad, de Dios de que le naciera, con y a través de ella, un hijo humano.

Si el nombre de aquella mujer era María, ¿por qué las imágenes femeninas que la representan llevan tantísimos nombres distintos? Nombres que señalan lugares (Fátima, Núria, Montserrat…), advocaciones (Socorro, Remedios, Amparo, Tránsito, Consuelo, Milagros, Alegría, Buen Parto…), objetos (Virgen del collar…). De niña me parecía sorprendente que nadie se hiciera esa pregunta que para mí era un misterio.

Misterio es también el de (o los de) Eleusis, un rito en honor de las diosas Deméter y su hija Perséfone que, en la tradición grecorromana se celebraba justamente la noche del 7 al 8 de septiembre.

El 8 de septiembre es también la fecha que resulta de sumar nueve meses, lo que suele durar un embarazo, al 8 de diciembre, que es el día, según el calendario cristiano, de la Inmaculada Concepción, o sea el día en el que Ana concibió a su hija María 1.

La maternidad, la capacidad de engendrar, gestar y dar a luz, fue honrada y celebrada como lo muestran las innumerables figuritas femeninas de fertilidad que proceden de la parte más antigua de la historia de la humanidad: la, a mi parecer, “mal-llamada” prehistoria. Un tiempo llamado también de la Diosa Madre, en el que los hijos e hijas llegaban, parecía que por gracia, al vientre de las mujeres para ser nacidas y nacidos. Era un tiempo en el que se honraba la fertilidad y a los cuerpos que la contenían.

En apropiarse de los cuerpos de las mujeres y de sus frutos, usurpando real o simbólicamente la maternidad, consistió básicamente el patriarcado. Así se lee, por ejemplo, en el desarrollo de los mitos de génesis (origen del mundo) de las culturas de las que procedemos: la grecorromana y la judeocristiana.

Gea, o Gaia que, en la mitología griega, personifica la fertilidad de la tierra, es un principio femenino autogenerador ya que, según nos cuenta el mito, se crea a sí misma. Después parirá un hijo, Urano, que será el principio masculino. De esa pareja (pareja “primordial” en la que se desplaza la díada madre-hijo a la pareja madre-padre”) nacen los llamados Titanes y, entre ellos, Rea y Cronos que, además de ser hermanos, serán también madre y padre de muchos hijos, la llamada primera generación de los Olímpicos (Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus) que Cronos devorará a medida que vayan naciendo, excepto el último, Zeus. El hijo pequeño de Rea, Zeus, se salvará porque la madre lo esconderá de la voracidad de su padre, substituyéndolo por un una piedra (lo mismo que acaba teniendo en el vientre el lobo del cuento de la “Caperucita Roja”).

El cuento repetido de un padre que se come a un hijo porque teme ser “destronado” (Urano-Cronos-Zeus) es considerado por Freud, en su “Tótem y Tabú”, no sólo vigente sino incluso necesario para el mantenimiento de nuestra cultura. Hoy sabemos que fue una forma de dar forma y sentido al entonces incipiente patriarcado. Un sistema que se basó en la jerarquía y en el desplazamiento del origen. En la época grecorromana coexisten, aún, distintas divinidades para cada uno de los aspectos a honrar, celebrar y/o prevenir, pero se instaura una clara jerarquía con Zeus como Dios del Olimpo además de un desplazamiento importante o, mejor dicho, dos:

 

  • El desplazamiento de la capacidad de dar vida al poder de dar la muerte.

 

  • El desplazamiento que supone el cambio de “lugar” de origen: que pasa del cuerpo femenino (vientre) al cuerpo masculino (cabeza) y que se inaugura cuando Zeus en lugar de comerse a su hijo como habían hecho su padre y el padre de su padre se come a la madre de su hija Atenea: devora a Metis embarazada. Atenea nacerá, adulta y guerrera, de la cabeza de su padre Zeus que necesitará de Hefestos, el herrero, para que le provoque una abertura por la que Atenea pueda salir2. Atenea es pues una hija nacida del pensamiento masculino.

 

Un desplazamiento que también se observa en el libro del Génesis, en apenas unos párrafos: los que van del primer al segundo relato. Dice el Libro del Génesis en los párrafos 26-27 del primer relato:

 

(26) Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (…).

(27) Y creó Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.

 

Me gustaría detenerme en una de las palabras de este primer relato: “Hagamos”. Primera persona, sí, pero del plural. Dios no está solo en la creación, no es “uno”.

Una vez creada esa primera pareja de varón y hembra por ese Dios que es también varón y hembra, pues no olvidemos que ha creado a imagen y semejanza suya, seguimos leyendo y al pasar la página (en sentido literal pero también en sentido metafórico ya que esa expresión significa “empezar de nuevo”), llegamos al segundo relato del génesis en cuyo párrafo 18 dice:

 

Dijo Yahvé-Dios: No es bueno que el hombre esté solo; voy a hacerle una ayuda que se acomode a él

 

Y Dios creará los animales para que, según el relato, el hombre los nombre pero, después de hacerlo, no encontró ayuda que se acomodara a él por lo que:

 

(21) Entonces Yavhé-Dios hizo caer sobre el hombre un profundo sopor, y el hombre se durmió. Y le quitó una de sus costillas, y cerró nuevamente la carne en su lugar; (22) y de la costilla que había quitado del hombre formó Yavhé-Dios la mujer, y la presentó al hombre.

 

Desplazamiento del cuerpo, del sentido del cuerpo y del origen del cuerpo ya que, a pesar de que todas y todos nacemos del vientre de una mujer, vemos que Eva, la madre de la humanidad, sale de la costilla (del costado) de un hombre.

Entre el primer y el segundo relato del génesis transcurren sólo unos párrafos, la falta de simbólico, de palabras que digan lo que las cosas son, es también algo que señala lo que sabemos que hubo: la instauración del patriarcado. La capacidad de dar a luz que, por azar o por don, se custodia en el cuerpo de las mujeres, es usurpada aquí como lo es también en la Orestiada que pone en boca de la diosa Atenea (la nacida de la cabeza de Zeus, su padre, según el mito grecorromano aunque probablemente fuera una divinidad anterior y, por tanto, también usurpada) un veredicto terrible que consiste en considerar a los hijos y a las hijas como posesión del padre y no como criaturas libres que llegan al mundo a través de un don recibido de la madre. Esa ley resguarda a Agamenón del terrible crimen que comente contra su hija Ifigenia a quién mata para pedirle a los dioses, a cambio, buenos vientos con los que navegar a Troya para la ir a hacer la guerra3.

La vida no es una posesión sino un don4, un don recibido de nuestra madre.  Cada vida es una especie de regalo que nace de un encuentro entre los sexos, que necesita que el azar la haga viable y que también necesita que cada madre -una mujer que es a la vez escogida y cualquiera- diga sí a acogerla (aunque no siempre la haya escogido) y a darla a luz.

Cuerpo y nombre son los dones que las madres suelen regalar, junto con la palabra, a sus criaturas. Cuerpo y nombre es lo que recibe Blancanieves de la Reina, su madre, cuando se llena de deseo al convocarla con estas palabras:

 

Me gustaría tener una hija que fuera blanca como la nieve, con las mejillas rojas como la sangre y con el pelo negro como el ébano. Y cuando la niña nació la llamó Blancanieves5.

 

Blanco, rojo y negro son los colores que representan los tres aspectos de la experiencia femenina: la niña-joven, la mujer-amante-madre y la anciana6

Una, a la vez, genealogía y trinidad femeninas formadas por la abuela, la madre y la hija. Una y tres como la Triple Diosa romana: una columna con la representación de Perséfone (hija), Deméter (madre) y Hécate (anciana).7

Una genealogía que señala el origen: diciendo que la madre fue (es) también una hija y que la hija puede (o podrá), si lo desea o lo acoge, ser madre.

Descubrí el feminismo a mediados de los años 90, cuando yo tenía ya más de 30 años. Me embargó un sentimiento doble que se resume en vivir con una gran dosis de rabia al descubrir el origen y funcionamiento del patriarcado y una gran felicidad al sentir que, por fin, había encontrado sentido a buena parte de mi malestar. La rabia me dio fuerza, es verdad, pero también me impidió que pudiera ver la libertad, la belleza y la verdad en lugares que yo había sentenciado como aliados del poder, como me ocurrió con las imágenes sagradas, por ejemplo.

Hubo un tiempo en el que creí que el patriarcado había convertido a la Diosa Madre en la madre de Dios. Esa creencia me impedía ver, de verdad, lo que tenía delante hasta que, de nuevo y como suele hacer la virgen, se me “apareció”.

Tenemos a nuestro alrededor mucha iconografía cristiana sobre la virgen. A veces se la representa sola, otras veces con su hijo en brazos o en el regazo; a veces está de pie y otras veces sentada (en el campo, en una silla, en un trono…). La podemos ver en el pesebre adorando (admirada por el milagro que conlleva la llegada de una vida) o bajo la cruz (traspasada por el dolor de la pérdida y del sinsentido). La podemos ver con las manos unidas delante del pecho y la mirada dirigida al cielo o la podemos ver apretando uno de sus senos del que sale leche con la que alimentar tanto a su bebé como al mundo. La encontramos embarazada y leyendo. La podemos ver siendo ella una criatura en brazos de su madre…8

La madre de Dios en su multiplicidad de nombres y de representaciones es la forma en la que se ha custodiado la Diosa Madre. Un juego, de palabras en este caso, nos la devuelve y con ella la fuerza y la libertad de las que se dispone cuando se conoce la genealogía femenina.

 

 

 

 

Núria Beitia Hernández

Barcelona, septiembre-noviembre 2013

 

 

Notas:

(2) 9

 

 

Note

  1. Mucha gente cree que en el día de la Inmaculada Concepción se celebra la capacidad de María de concebir a su hijo Jesús sin la mediación de hombre pero, en realidad, ese día está dedicado a la concepción de María en el vientre de su madre, Ana. Una concepción que también es considerada sin “pecado” en términos católicos pero que puede ser entendida como divina en sentido de tratarse de una concepción acaecida en el vientre de una mujer por don, como se consideraban las concepciones en la época de la Diosa Madre.
  2. image001
    Atenea naciendo armada de la cabeza de Zeus
  3. Me interesa indagar en el sentido que encierra la palabra “padre”. Me gusta pensar que padre es aquel que acompaña a una mujer en su maternidad es decir, en el cuidado y crianza de una o más criaturas, contengan estas –o no- código genético de ese hombre. Me parece esa una paternidad guiada por el amor y el sentido de la precedencia y no por el poder y el sentido identitario. Invito a reflexionar al respecto con el texto de Marco Deriu: Amor y reconocimiento: la violencia masculina y el sentido de nuestras relaciones, en Biblioteca Virtual Duoda: – vai al sito
  4. Para ampliar el sentido de la experiencia de vivir el cuerpo como un don os invito a leer a M. Milagros Rivera Garretas: Vivir el cuerpo como un don, en la jornada Ser mujer en el siglo XXI: Mujeres inventando nuevos caminos (18 de marzo de 2009). Disponible en la web de Duoda (Centro de Investigación de la Universidad de Barcelona), en: – vai al sito 
  5. Versión de los Hermanos Grimm
  6. Para conocer más sobre los tres aspectos de la experiencia femenina y los tres colores (blanco, rojo, negro) puedes consultar Núria Beitia Hernández: Pensar (y decir) la relación con la madre. DUODA, Estudios de la Diferencia Sexual núm. 38 (2010), pg. 245-259. Disponible también en: – vai al sito.
  7. image003
    Triple Hécate y las Cárites, Ática, siglo III a. C. (Gliptoteca de Múnich)
  8. image005
    Santa Ana con María en sus brazos (R. Amadeu). Monasterio de Sant Pere de les Puel·les, Barcelona
  9. La Teogonía de Hesíodo cuenta cómo, tras el Caos, surgió Gea «la de amplio pecho», la eterna fundación de los dioses del Olimpo. De su propio ser, «sin mediar el grato comercio», trajo a Urano, el cielo estrellado, su igual, para cubrirla a ella y a las colinas, y también a Ponto, la infructuosa profundidad del mar…, alumbró a Océano de profundas corrientes, a Ceo, a Crío, a Hiperión, a Jápeto, a Tea, a Rea, a Temis, a Mnemósine, a Febe de áurea corona y a la amable Tetis. Después de ellos nació el más joven, Cronos…
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