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Crisis de la unidad

Desde que nacemos, nos gusta la compañía de otras personas, sentimos atracción por otros seres humanos, buscamos el amor y el cariño, deseamos su contacto y su atención, anhelamos la aceptación, estar en un grupo o sentir que formamos parte de algo. Esta predisposición es evidente ya en nuestra infancia, donde solemos establecer vínculos fuertes con otros u otras, vínculos en los que lo importante no es tanto la afinidad como el juego y la compañía, pero, con el tiempo, esto cambia. Cuando crecemos sentimos más necesidad de seguridad y pertenencia, y buscamos mayor afinidad a la hora de relacionarnos con otras personas, hasta el punto de que en edad adulta consideramos fundamental tener algo en común para poder compartir nuestros espacios y pensamientos, es decir, necesitamos el respaldo, el aval de otras personas que tienen opiniones parecidas para poder sostener y mantener nuestras creencias, para reforzar nuestras opiniones y vivir con más seguridad en relación a nuestra interpretación de lo que nos rodea.

Esta necesidad es más  intensa y profunda en épocas de crisis, en momentos difíciles, en situaciones que nos producen ansiedad y miedo. Buscamos, entonces, más apoyo, más cohesión, porque reconforta y da seguridad. Sentimos mucho más la necesidad de formar parte de algo y, con ello, de que otras personas compartan nuestras ideas y reafirmen nuestras posiciones, para tener la confirmación de que estamos en lo cierto, que tenemos razón, porque nos da la sensación de que las opiniones compartidas, precisamente por compartidas, están más cerca de la verdad, lo que, a su vez, proporciona confianza, seguridad y pertenencia. Esto es, buscamos afinidades que nos hagan sentirnos parte de un grupo, algo en común con lo que poder identificarnos y sentirnos bien.

Buscar la unidad, así, parece una de las respuestas instintivas ante el miedo o la incertidumbre, una manifestación de nuestra necesidad de contacto, de relación, de formar parte de algo y, en definitiva, de sentir el abrazo de una comunidad, por pequeña que esta sea. Disminuir las distancias, buscar los puntos en común con otras personas, produce sensación de protección y amparo. La com-unidad nos da el abrazo que necesitamos, un abrazo reconfortante que tiene la capacidad de producir bienestar, sensación de pertenencia, lo que, a su vez, proporciona energía y fortaleza para enfrentarse a las dificultades. Esta comunidad es, por ello, lo primero que se busca en momentos duros, en circunstancias que apenas soportamos y que necesitamos cambiar cuanto antes. Y para ello pedimos la ayuda, el apoyo de otras y otros. Así, buscamos unidad también cuando nos tenemos que enfrentar a abusos o injusticias, como ocurrió en los movimientos políticos de los siglos XIX y XX, donde, por ejemplo, se hizo un llamamiento a la unidad de la clase obrera para luchar contra los abusos de la burguesía y la aristocracia, y a la unidad nacional para luchar contra el enemigo en periodos de guerras, etc. Era, sin duda, el lema principal de gran parte de las arengas y proclamas de esa época, la palabra clave a la que se podía acudir para que las propuestas fueran convincentes. Y aún la seguimos escuchando, de vez en cuanto oímos que alguien hace un llamamiento a la unidad para conseguir un propósito determinado, pero algo ha cambiado, el sentido ya no es el mismo de siglos anteriores, el significado es otro: ha perdido el vigor y el crédito que tenía.

Ha perdido el crédito y la confianza probablemente por una utilización abusiva y fraudulenta, por reclamar apoyo y luego hacer con él, con ese entusiasmo, algo muy distinto (e incluso contrario) a lo pactado. Demasiadas veces se han traicionado las expectativas. El abuso ha sido tan grande que los llamamientos a la unidad cada vez tienen menos crédito, hasta llegar al escepticismo actual. Un claro ejemplo de ello son los partidos políticos, que constantemente piden unidad y confianza para obtener el respaldo y los votos de la ciudadanía, pero este recurso apenas ya da frutos, ha cambiado su sentido, ahora tiene sobre todo connotaciones de huida, de desautorización de un tipo de gobierno porque los votos hoy no suelen estar dirigidos a apoyar una política concreta, sino que son votos en negativo: la dirección del voto, votar a un partido u otro, muchas veces suele estar más determinado por el intento de obstaculizar una manera de gobernar con la que no se está de acuerdo que por apoyo verdadero al partido votado. Es decir, la política de los partidos hoy se basa en el rechazo y la desautorización, no en el apoyo y la autorización. Es una política de miedo, de huida, de rechazo, que se mantiene sin apenas variación a pesar de que la crisis del sistema representativo es cada vez más evidente.

Con todo, aun en crisis, continúa la inercia de los viejos usos, se sigue haciendo una apelación constante a la unidad, igual que se hacía en los siglos XIX y XX, pero a diferencia de los siglos anteriores, no tiene ya apenas credibilidad, no hay apenas respaldo a un estilo de gobierno o a otro, puesto que el voto se basa en el rechazo. Ya nadie cree que un partido político vaya a cambiar mucho las condiciones de vida de las personas, la sensación general es que su principal motivación es continuar en el poder para que sus integrantes continúen en sus puestos, sigan en uno u otro cargo el mayor tiempo posible, sin que de fondo exista el mayor interés por lo público ni por realizar una buena gestión.

Esta forma de actuar, muy visible en los partidos políticos, no es, sin embargo, exclusiva de ellos, también se ve en otras organizaciones, y en los grupos, grandes o pequeños. Se suele pedir una unidad lo más cerrada posible, y por ello, en mayor o menor medida, una renuncia a todo aquello que pueda minar esa unidad, esto es, que las discrepancias y diferencias se queden en un segundo plano para poder componer un sujeto colectivo, plano y sin fisuras, un engranaje compacto e ideal reunido bajo eslóganes simples e ideas generales con los que mucha gente se pueda sentir identificada, pues su fuerza deriva de la cantidad de personas que pueda atraer, y no de su veracidad, por ejemplo.

Con esto no pretendo afirmar que la unidad sea nefasta o suponga siempre un sacrificio de una parte de libertad, no creo que la unidad contenga en sí misma la violencia o la renuncia, y tampoco defiendo el contrasentido de reivindicar una unidad contra la unidad, sino, más bien, considero obligado poner de relieve la utilización abusiva —en los grupos, en las organizaciones— del llamamiento a la unidad porque en realidad enmascara inclinaciones o propósitos más ocultos afines a la ambición de poder y de dominio, que se esconden deliberada e interesadamente, que terminan cancelando o manipulando la diferencia y la diversidad.

La tan traída y llevada frase “tenemos que fijarnos en lo que nos une y no en lo que nos separa” es un recurso fácil para cancelar las discrepancias, para no abrir el conflicto ni el debate, por el miedo a la ruptura. Un miedo, por otra parte, basado en el pensamiento binario de contrarios, es decir, en la afirmación de que o hay unión o hay ruptura, o de otra manera: “estás conmigo o estás contra mí”. Esta práctica impide la política porque acalla voces, aquieta conciencias y modera deseos. Reprime y dificulta la libertad (aunque no la impide).

Además, no es político porque solo se ponen en juego dos caminos: estar a favor de algo o en contra, únicamente dos posibilidades; pero hay infinitas. Se trata de una ocultación interesada que pretende constituir la verdad de una idea y la falsedad de otra, una posición vencedora y otra perdedora. Es una lucha velada que da entidad a quienes forman parte de los bandos, la entidad de estar en un lado o en el otro, ser de un bando o de otro, tener un grupo de apoyo u otro, y no solo eso, está también la aventura, la tensión y el riesgo de la competición, de ver quién es más inteligente y sagaz, quién se alza con la victoria. Tanto es así, que muchas veces lo que se busca es precisamente la confrontación por la confrontación, para generar esa tensión que alimenta el ego y la polaridad, para generar adrenalina y excitar artificialmente la vida. Energía estéril que se retroalimenta únicamente a sí misma y suele provocar un importante desgaste.

Así pues, los diálogos que se abren desde esta posición son vanos, son enfrentamientos en los que hay más destrucción que aprendizaje, más ofensas que sentido. Es entonces cuando aparece el lenguaje bélico, cuando surgen expresiones como “hacer frente”,  “detener”, “luchar”, “la unión hace la fuerza”, “cerrar filas”, etc. Términos que muestran la existencia, al menos para la persona que así habla, de una contienda, de una expectativa de vencer, de conquista de un espacio. Por este motivo, el mero diálogo, por sí mismo, no tiene sentido, porque para que lo tenga es necesario ponerse en juego en primera persona, arriesgarse a la transformación, al reconocimiento de que las propias ideas pueden estar equivocadas. De modo que si no hay voluntad de intercambio político, por los motivos que sean, el resultado es una mascarada.

En esta lógica de contrarios es muy difícil la creación, la creatividad y la libertad, porque es una lógica de destrucción, de cancelación y muerte, de palabras vacías. Con todo, pese a su evidente esterilidad, es una manera de hacer aún muy frecuente, y también lo es, en esa misma dialéctica, reclamar la unidad ante un enemigo[1] que justifique el control y el acatamiento de normas u órdenes para, de este modo, generar un clima de tensión y miedo ante un peligro “común”, aunque probablemente ficticio, pero que abre la posibilidad de justificar actos difícilmente justificables: un espacio de pretextos al que no se suele renunciar. Y esto no ocurre solo al nivel de política gubernamental, se repite el esquema también en grupos y asociaciones. Es demasiado tentador el poder beneficiarse de algo tan poderoso como es el sentimiento primario de apoyo y consuelo en el grupo, de búsqueda de seguridad en la asociación, que tantos resultados ha dado en los movimientos sociales de siglos anteriores (hay que reconocer que el llamamiento a la unidad en ocasiones ha conseguido aglutinar intereses muy distintos y, en la medida en que no ha sido cancelada del todo la diversidad y el descontento era profundo, se han conseguido avances sociales relevantes).

Es, pues, habitual encontrarnos con grupos, organizaciones o partidos que buscan nuestro apoyo para algo, que solicitan nuestro aval, quizá con buenas intenciones, o quizá no, pero lo que nos diferencia de los siglos anteriores es que hoy esta petición suele ser escuchada con prevención y sospecha. Posiblemente se deba al abuso de “buenas palabras” sin hechos o con hechos vacíos, las “buenas intenciones” que tantas veces se han desenmascarado mostrando que nunca llegaron a ser siquiera intenciones. La profanación de esperanzas, las tretas y las intrigas propias del poder han sido tan numerosas y decepcionantes que han conseguido crear un clima general de falta de confianza. La tentación de jugar a ser líder ha sido demasiado grande, la erótica de engañar y aprovecharse de la fe de muchas personas puede provocar delirios de grandeza, soberbia, y el consiguiente desprecio de quienes han sucumbido a las argucias y han creído en las mentiras y la representación.

Pero esta escena se ha repetido demasiadas veces, el teatro cada vez es menos convincente, se sobreactúa, se fuerza, se empuja. La unión es cada vez menos entusiasta y más desesperada, hay una sensación general de que es la última oportunidad, la última vez que se da apoyo a lo que tantas veces ha mostrado ser un engaño. Esta época no es tanto una época en la que se han abandonado las ideologías como un período en el que la utilización instrumental en beneficio propio de esas ideologías se ha revelado habitual, lo cual ha terminado por crear un paisaje desolador. Esto es lo que ha provocado su descrédito: su desenmascaramiento como instrumento de manipulación. La utilización y manipulación de las ideologías por el ser humano para fines miserables ha sido, creo, la causante del desencanto, del abandono de las esperanzas, del rechazo de la ilusión, del recelo ante el prodigio de poder mejorar las cosas, y ha originado la desidia, la frialdad, la pasividad y la pereza.

Detrás de esas ideologías hubo un llamamiento a la unidad, un llamamiento que ilusionó a mucha gente, que unió pasiones. Pero al desvelarse la mezquindad de algunos dirigentes se rompió la ilusión y la confianza, se rompió el corazón, y, por ello, la fuerza de muchos movimientos sociales. Así, en mi opinión, el individualismo actual no es tanto individualismo como descrédito y desilusión, crisis de la confianza hacia ideas que en demasiadas ocasiones enmascaraban pequeñas miserias, crisis de la unidad que reclama adhesión ciega y acrítica, que exige la renuncia a sí. La reacción es justo un cierre en el sí motivado por una falta de confianza en el otro, en la otra, y por ello, al final, también de sí. Es un cierre defensivo abocado al fracaso, como todo cierre, sin aire. Lo social ha terminado por generar su propio final. La desatención de la singularidad, de la especificidad, ha causado que los grandes movimientos sociales se alejen de lo real, en lo que constituye un cierre sobre sí, con apenas espacio. Asfixia por huida, ahogo por abandono, falta de aire y de libertad.

Y, sin embargo, no está todo perdido, porque este final no es el único posible, la crisis de la unidad también puede ser vivida como una ganancia y no como una pérdida, puede verse su fertilidad (la fertilidad que posee la mayor parte de lo existente, incluso la muerte) y generar un espacio en el que innovar, crear y poder respirar de nuevo, una oportunidad para apostar por la productividad de lo real, por la energía creativa de la autenticidad, después de saber que no se puede reclamar un apoyo cerrado, sin discrepancias ni desacuerdos, de saber que en el conflicto y la diferencia está la ganancia, porque no es artificio sino vida.

Es verdad que se suele proponer la unión como un valor y la desunión como un problema, pero también es verdad que hoy no es posible negar que el llamamiento a la unidad suele esconder un deseo de poder, de manipulación o de liderazgo. Es decir, cuando se reclama la unidad, para luchar contra algo o para tener un punto de vista común, en general, lo que se suele pedir es que se dejen las diferencias de lado y se haga causa común, pero ¿es lícito pedir que se deje de ser quien se es, dejar de lado las propias opiniones y singularidades al margen para conseguir algo? ¿El fin justifica la renuncia a sí?

El sacrificio en beneficio de una causa es posible, y también frecuente, pero, pasado el tiempo, lo más probable es que esta renuncia termine pasando factura, porque las discrepancias son necesarias para que las ideas no se conviertan en dogma, en marcos fijos que dificulten interpretar los cambios de una realidad cambiante. Carla Lonzi era una ferviente defensora de que las ideas no se convirtieran en dogma, de no hacer del pensamiento un monumento sin vida y sin sentido, y las mujeres de la Librería de Mujeres de Milán y de la comunidad Diótima ya en sus inicios insistían en crear un pensamiento que parta del sí de cada cual, porque es el único que tiene sentido, el único que no puede fijarse y convertirse en dogma. Esto, desde luego, no implica la apuesta por la pluralidad. La pluralidad, por sí misma, no es política como no lo es el mero horizonte, pero sí lo es la escucha atenta, el con-tacto, tocar y dejarse tocar, la apertura a dejarse cambiar, aprender y enseñar.

Por tanto, reitero, no defiendo la solución final de una unidad contra la unidad, antes bien, lo que pretendo señalar es que solo tiene sentido una unidad que conserve en sí la diferencia y la diversidad, la posibilidad de discrepar y de cambiar de opinión, que  no anule lo que cada cual lleva en sí. Es posible, por tanto, una unidad que no anule ni cancele lo real, y esta unidad se genera a través, por ejemplo, de las pasiones, los deseos o los sueños que no reducen ni simplifican, así como también hay una unidad viable en el descontento profundo, tan intenso e insoportable que provoque el desbordamiento, las ganas irrefrenables de cambio, el deseo de renovación y evolución de una situación estancada con la que ya no se puede convivir. El descontento es, de esta manera, político, junto con los deseos, las pasiones y los sueños. Un ejemplo de su fuerza es el levantamiento de la población egipcia contra el gobierno de Hosni Mubarak o, también, el movimiento de mujeres a lo largo de la historia. Ambos movimientos, entre otros muchos, muestran la enorme energía del descontento, los deseos y las pasiones, su capacidad para poner de acuerdo a grupos o personas con ideas, propuestas e intereses distintos, la potencia de una unidad no monolítica sino libre, el empuje de quienes no representan a nadie sino a sí y que tienen el deseo de cambiar las cosas, sin renuncias previas, sin cancelación de lo discordante.

 

Así pues, la unidad, entendida como bloque monolítico y compacto sin espacio para la discrepancia, ya no tiene apenas fuerza, lo que en un tiempo y lugar fue revolucionario suele ser hoy un instrumento de sujeción y sumisión porque ha evolucionado hacia formas despóticas encubiertas. Cuando se apela a la unidad lo que se pide es la unidad hacia algo ya ha pensado, lo que se reclama es el apoyo incondicional a “una causa”, representada por una figura más o menos carismática. Esta forma de organizarse es muy característica de los partidos políticos.

 

 

La política de la representación

 

Los partidos políticos se organizan sobre todo bajo el modelo representativo, esto es, una persona es elegida líder y será quien, en principio, guíe y hable en nombre del colectivo, quien elija a las personas que durante un tiempo se ocuparán de la administración y gestión del grupo. Este modelo de organización crea, por sí mismo, una estructura jerárquica donde un hombre o una mujer (suele ser un hombre) toma la mayoría de las decisiones, con ayuda de un grupo escogido. El mismo sistema, el representativo, también es utilizado en las democracias pero precisamente su propia definición, esto es, que se articule a través de la representación, hace imposible llevar a cabo lo que se pretende: una democracia. Como señala Simone Weil:

 

“Nunca hemos conocido nada que se asemeje ni de lejos a una democracia. En lo que nombramos con ese nombre, el pueblo no ha tenido nunca la ocasión ni los medios de expresar un parecer sobre un problema cualquiera de la vida pública; y todo lo que escapa a los intereses particulares se deja para las pasiones colectivas a las que se alimenta sistemática y oficialmente”[2]

 

No hay una democracia real en el sistema representativo porque es una contradicción en sí misma, se trata de un modelo truncado ya desde el origen porque una persona no puede representar a otra, a sus deseos, necesidades e ideas; es sencillamente imposible. Un sin sentido que aumenta cuando, además, no cumplen lo prometido en sus programas electorales. Se gobierna, en general, para el propio beneficio y para los intereses del partido político, no para la ciudadanía. Dada esta situación, es fácil para las grandes empresas utilizar estas fallas a su favor, y en efecto así ocurre, el poder de las multinacionales, empresas energéticas y la banca es enorme. Tan grande como para desencadenar guerras, arruinar la economía de un país o la salud de una población durante generaciones.

La democracia, y su régimen representativo, está en franca decadencia, hay una sensación común de que la única alternativa es votar al partido “menos malo”, asumiendo así la incompetencia del sistema, algo que también se traslada a otros grupos basados igualmente en sistemas representativos, por ejemplo muchos grupos de movimientos sociales, donde se reproducen los mismos problemas y dificultades: imposibilidad de que una persona pueda representar los deseos de otra, ocultamiento de las voces de quienes son representados o representadas, cancelación de las minorías, incumplimiento de lo acordado, luchas de poder para determinar dónde se establece la unidad (o el dogma), soberbias y deseo de beneficiarse de estar en la posición dirigente, etc.

La representación también suele degenerar en formas despóticas o caciquiles de gobierno, como ocurre con Berlusconi en Italia, por ejemplo. El sistema democrático, se dice, contiene en sí la forma de castigar a quienes no han hecho bien su trabajo, esto es, en las siguientes elecciones no se votará a quienes no hayan trabajado bien o hayan caído en la corrupción, pero no es esa la realidad porque en el imaginario colectivo del siglo XXI la clase política se identifica con la corrupción, de forma que ni se pide ni se espera la quimera de una política de partidos sin corrupción. El descrédito de las instituciones, de los gobiernos y de la clase política es hoy evidente y general, y forma parte ya de la normalidad institucional.

A esto hay que añadir que la estructura jerárquica del sistema representativo está pensado por y para varones blancos heterosexuales, y que por tanto las mujeres y lo femenino en general queda fuera de este sistema. Es un gobierno de una parte de la población, que no es ni mucho menos una mayoría, que se erige en depositaria de la moral y pretende decidir para todo el mundo lo que está bien y lo que está mal, lo que es sancionable y lo que no, lo que está prohibido y lo que debe ser castigado por un código penal, esto es, la libertad de quienes no son varones blancos heterosexuales depende del criterio moral —de su indulgencia y comprensión—  de este grupo de presión[3] convertido en sujeto universal.

Esto, sin duda, constituye una exclusión evidente del sistema, además de la configuración de una legislación con poca capacidad para tener en cuenta la singularidad y las circunstancias de cada cual, que sanciona sin muchos miramientos a quienes no están dentro de unos cánones determinados. Cánones que tienen que ver sobre todo con lo moral pero que se con-funden con lo delictivo, como ha ocurrido, por ejemplo, en los casos de la ilegalización de la homosexualidad o de la interrupción voluntaria del embarazo. Pero esta forma de interpretar la realidad ha finalizado[4], sus intentos por erigirse en la única posible han sido vanos y su progresiva desaparición sigue provocando desconcierto y generando vacío[5]. Es tiempo de abandonar las ideas-barandilla para pasar a que cada cual se haga cargo de reflexionar sobre la realidad, porque no tiene sentido unirnos o dividirnos en torno a una idea o a una persona, no tiene sentido ya pensar solo en términos de “a favor” o “en contra”, es simplista y, sobre todo, errado, y poco tiene que ver con la verdad, como también señaló Simone Weil:

 

“Cuando vino Einstein a Francia, todas las gentes pertenecientes a un medio más o menos intelectual, incluidos los científicos, se dividieron en dos campos, a favor y en contra. Todo pensamiento científico nuevo tiene en los medios científicos sus partidarios y sus adversarios, animados unos y otros, hasta un grado detestable, por el espíritu de partido. Por otra parte, hay en esos medios tendencias, capillas, en un estado más o menos cristalizado.

En el arte y la literatura aún es más visible. Cubismo y surrealismo han sido una especie de partidos. Se era ‘gideano’ como se era ‘maurrasiano’. Para tener un nombre es útil estar rodeado de una pandilla de admiradores animados por el espíritu de partido.”[6]

 

No obstante, a pesar de sus evidentes insuficiencias, muchos movimientos sociales, sobre todo de izquierdas, se han basado en el sistema representativo para organizarse. Quizá porque es un sistema ya pensado y estructurado al que es fácil adaptarse, o quizá porque dar alas a quienes tienen ambición de poder, o quizá porque su estructura permite el ocultamiento en la masa, la protección bajo unas siglas o un nombre que no es el propio, y que permite hacer afirmaciones sin responsabilizarse de ellas.

Pero es hora ya de dejar de buscar el amparo de unas siglas, un nombre o una estructura jerárquica, ya no hay que ocultarse en el grupo, es el momento de hablar en primera persona y abandonar la inercia de las formas de hacer tradicionales de la izquierda, viejos estilos que se muestran incapaces de acoger los cambios que ha experimentado la sociedad y que han influido bastante, y todavía lo hacen, en el movimiento político de mujeres.

 

 

El movimiento político de mujeres

 

El sistema representativo, y su ineludible estructura jerárquica y de poder, ha sido particularmente dañino para las mujeres, son conocidas sus grandes injusticias, las heridas que crea, los engaños que fabrica, el lugar al que lleva. Y sin embargo, pese a todo, todavía hay algunas voces que creen en las posibilidades de estas viejas formas de hacer y reclaman la unidad de los feminismos o a la unidad de las mujeres bajo una estructura representativa, sin tener en cuenta ni la ineficacia de la política de la representación ni que la fuerza de las mujeres está sobre todo en su libertad y su diversidad. Su fuerza está, por tanto, en volver permanente la pregunta de cómo se desea vivir y las condiciones de posibilidad que la hacen realizable. Una pregunta que aún persiste en el movimiento político de mujeres y que ya ha dado lugar a multitud de respuestas distintas, por eso no tiene sentido anularlas e intentar englobarlas en una teoría, encerrarlas en una extraña miscelánea que deja poco espacio a la posibilidad de entender las inquietudes, circunstancias, deseos y necesidades que dieron lugar a las diversas interpretaciones de la realidad dadas por tantas mujeres.

La unidad de los feminismos o del movimiento de mujeres implicaría el desvanecimiento del sentido que dio origen a cada uno de ellos, a cada camino recorrido, a cada respuesta encontrada. No hay más unidad que la pasión por la libertad o la crítica a los sistemas de dominación, pero lo interesante y fértil no es esa unidad sino las distintas maneras en las que se ha articulado, formas diversas de ver la realidad, miradas diferentes. No es la unidad lo que hay que resaltar, porque la unidad no es fértil, como mucho es vigorosa, proporciona apoyo, valor y seguridad, pero no es creadora. Las distintas maneras de interpretar lo real sí tienen la capacidad de germinar y hacer germinar, por lo que renunciar o prescindir de ellas supone acabar con lo mejor y más auténtico del movimiento político de mujeres: su deseo de libertad y su vínculo con lo real.

Agrupar, clasificar, unir son operaciones que facilitan la sujeción y la vigilancia. No constituyen una posibilidad verdadera de sumar esfuerzos para conseguir mayores resultados bajo la premisa de que “la unión hace la fuerza”, puesto que la fuerza del movimiento de mujeres está, precisamente, reitero, en su capacidad crítica por su inadecuación a las estructuras de cualquier sistema de dominación. El movimiento político de mujeres es una profunda herida en la tradición, que llega hasta sus raíces, y que continuamente señala el exceso androcéntrico, su vano afán de omnipresencia. Un corte que permite evidenciar la existencia de otra mirada hacia el mundo que se puede apreciar en la historia, la literatura, el pensamiento, el arte, etc., y que muestra, asimismo, impudicia de los términos “neutro” y “universal”, palabras mágicas con las que se pretende acallar cualquier sospecha respecto al saber; y sin embargo su magia no alcanza para esconder que son atributos quiméricos del conocimiento.

De modo que lo más relevante no es la mera existencia de distintos feminismos sino el diálogo creativo que a veces se genera entre las diversas maneras de pensar, en un diálogo sincero y en primera persona, poniéndose en juego, esto es, un diálogo político. Un diálogo cuyo fin último no es con-vencer sino aprender, comprender, escuchar, intercambiar y crecer. Si tuviera otro fin y el diálogo no fuera sincero, no sería político, ni tendría valor más que como lugar de batalla, un sinsentido cuya invitación es mejor declinar.

Es fácil, pues, ver y aceptar las grandes posibilidades de la apertura a lo distinto pero, a pesar de ello, las discrepancias todavía nos separan, no sabemos gestionarlas como una riqueza, no hay una buena práctica del conflicto. O bien sentimos que alguien nos ofende cuando opina diferente, o bien nos importa tanto la relación con alguien que no decimos lo que pensamos y huimos del posible enfrentamiento para no ofender. Ambos escenarios dejan escapar la posibilidad del mutuo intercambio, ambos pierden una oportunidad. Lo cual no quiere decir que el intercambio o el diálogo sea siempre posible, sino que de verdad es enriquecedor cuando hay una auténtica voluntad de intercambio, cuando no se pretende con-vencer ni destruir o anular. De otro modo el diálogo no sirve, es mera ficción, fantasía yerma, no ofrece ninguna posibilidad porque nos enclaustramos en una postura y nos protegemos de cualquier conflicto o desacuerdo.

Convertimos así lo que quizá un día estuvo vivo en algo sin posibilidad de intercambio con lo real y, por ello, prácticamente muerto. Así, en la mitología griega, las cabezas de las gorgonas eran las que daban protección a las casas, los templos, etc., y, al mismo tiempo, las que podían dejar paralizados a los seres humanos, convertirlos en piedra, privarlos de todo movimiento, dejarlos inertes. Seguridad a cambio de entumecimiento, estabilidad a cambio de pasividad; renuncia al conocimiento de lo real. Frenar los cambios, las diferencias y las discrepancias es ante todo síntoma de miedo, no de amor. El amor a la verdad no es lo que lleva a mantener posturas dogmáticas, lo que conduce a ese tipo de intransigencia es el deseo de poder y de control.

La razón ensoberbecida[7] ha producido monstruos, los monstruos de la imparcialidad, la universalidad y la sistematización. Este es el verdadero fantasma que ha recorrido la Europa moderna: el fantasma de la razón sistemática, viril y excluyente con ambición de controlar todo, poseer todo, explicar todo, y para lograrlo coloca la ciencia y el dinero en el lugar de Dios. Pero ni la ciencia ni el dinero pueden comprenderlo todo; el alma humana, su sensibilidad y espiritualidad no se dejan reducir, su misterio es apenas balbucido por la poesía, el arte o la mística.

Los monstruos de la modernidad dejan de nuevo paso a la vida, es ya innegable la caída de gran parte de su arquitectura, como la ciencia universal y neutra, la política de la representación, las instituciones, el imperio del dinero, etc. Arquitectura en la que, por lo demás, nunca cupo el movimiento político de mujeres y de cuyo final tiene una parte importante de responsabilidad.

La libertad da miedo, más miedo de lo que nada puede dar[8]. Las generaciones anteriores encontraron el camino de esa libertad en la rebelión[9], hoy el camino es otro, iniciarlo provoca angustia, no hacerlo supone una renuncia inhabitable. El camino ha comenzado ya con el abandono de formas simplistas y unitarias que no pueden dar cuenta de la complejidad de lo real, un inicio que sin duda provoca desorientación y temor, pero también supone una oportunidad, la oportunidad de lanzarse a buscar otros lugares —quizá ya en parte transitados, o quizá no— que abran caminos de libertad. Es este tal vez el momento más interesante porque el sentido de esta libertad se apreciará sobre todo en sus inicios, inicios titubeantes y frágiles[10] como todo lo apenas nacido que durante un tiempo se muestra más puro, claro y prístino.

 

 

[1]              Es verdad que también se puede pedir unidad para llevar a cabo un proyecto, pero lo más habitual, por su plasticidad a la hora de utilizarlo con intenciones manipuladoras, es apelar a la unidad para hacer frente a un peligro.

[2]              Simone Weil, “Notas sobre la supresión general de los partidos políticos”, en Escritos de Londres y últimas cartas, trad. Maite Larrauri. Trotta, Madrid 2000, p. 104.

[3]              Se habla de la existencia de un grupo de presión de varones homosexuales (el lobby gay), pero no se habla del grupo de presión de los varones blancos heterosexuales porque se da por hecho su dominio.

[4]              Ver Librería de mujeres de Milán, “El final del patriarcado ha ocurrido y no por casualidad”, en La cultura patas arriba, trad. María-Milagros Rivera Garretas. Horas y horas, Madrid 2006.

[5]              Este vacío es el inicio necesario para dar lugar a lo nuevo, en un sentido parecido al vacío percibido por las místicas antes de sentirse arrobadas por la plenitud.

[6]              Simone Weil, “Notas sobre la supresión general de los partidos políticos”, p. 116.

[7]              Ver María Zambrano, Pensamiento y poesía en la vida española. Endymion, Madrid 1987.

[8]              Ver Luisa Muraro, “La fragilidad de los inicios” en El Dios de las mujeres, trad. María-Milagros Rivera Garretas. Horas y horas, Madrid 2006, p. 63.

[9]              Ibíd., p. 65.

[10]            Ibíd., p. 67.

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